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| "Exilio en la roca", por Joseph Mallord William Turner (1775-1851) |
Decía el general MacArthur que los viejos soldados no mueren, sino que se desvanecen en la distancia.
El destino quiso brindarle a este veterano la oportunidad de retirarse emulando su primera misión. Como un viejo soldado, preparó con mimo antes de irse a dormir un uniforme similar a aquel primer uniforme. Tras años de experiencia, aquella noche pareció un novato que se remueve insomne en la cama la víspera de su estreno y cuando al fin durmió, soñó con una flor que lució aquella primera vez esperando la mirada de una mujer. Al día siguiente ocupó por última vez su puesto junto a unos compañeros que, como venía siendo habitual desde hacía un tiempo, eran más jóvenes que él.
Lo que nunca pudo imaginar es que sus fuerzas le fallaran antes de poder cumplir con su misión. Con angustia acudió a su memoria como fuente de motivación. Recordó el tacto de aquel primer uniforme. Recordó aquel clavel prendido en la mirada de una mujer y sobre todo, recordó como aquella primera vez, cuando le abandonaron las fuerzas, otro veterano de voz aguardentosa le espoleó como un viejo sargento impidiéndole abandonar las filas y conduciéndolo hasta el final para acabar encontrándose con su propia dignidad y orgullo. Recordó y a pesar de ello (o quizás por ello), las fuerzas le abandonaron definitivamente.
Se despidió cabizbajo, abandonó la fila derrotado y se perdió entre la multitud con una vergonzosa sensación de fracaso. Si hubiera girado la vista hacia sus compañeros, habría advertido como le admiraban en respetuoso silencio mientras se desvanecía en la distancia. Como el sol entre las nubes aquella mañana de octubre. Como un viejo soldado.
El destino quiso brindarle a este veterano la oportunidad de retirarse emulando su primera misión. Como un viejo soldado, preparó con mimo antes de irse a dormir un uniforme similar a aquel primer uniforme. Tras años de experiencia, aquella noche pareció un novato que se remueve insomne en la cama la víspera de su estreno y cuando al fin durmió, soñó con una flor que lució aquella primera vez esperando la mirada de una mujer. Al día siguiente ocupó por última vez su puesto junto a unos compañeros que, como venía siendo habitual desde hacía un tiempo, eran más jóvenes que él.
Lo que nunca pudo imaginar es que sus fuerzas le fallaran antes de poder cumplir con su misión. Con angustia acudió a su memoria como fuente de motivación. Recordó el tacto de aquel primer uniforme. Recordó aquel clavel prendido en la mirada de una mujer y sobre todo, recordó como aquella primera vez, cuando le abandonaron las fuerzas, otro veterano de voz aguardentosa le espoleó como un viejo sargento impidiéndole abandonar las filas y conduciéndolo hasta el final para acabar encontrándose con su propia dignidad y orgullo. Recordó y a pesar de ello (o quizás por ello), las fuerzas le abandonaron definitivamente.
Se despidió cabizbajo, abandonó la fila derrotado y se perdió entre la multitud con una vergonzosa sensación de fracaso. Si hubiera girado la vista hacia sus compañeros, habría advertido como le admiraban en respetuoso silencio mientras se desvanecía en la distancia. Como el sol entre las nubes aquella mañana de octubre. Como un viejo soldado.



