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sábado, 9 de junio de 2012

Superhéroes

Lev Yashin, la mítica "Araña negra" del
Dínamo de Moscú y la extinta U.R.S.S.
En la última visita de la selección española a la Rosaleda, un niño que no debía llegar a los diez años contemplaba ensimismado el entrenamiento desde la grada. Debía venir directamente del colegio porque, además de vestir la equipación de su ídolo, llevaba su foto en la carpeta y hasta en la mochila.
Papá, ¿Tú crees que Casillas es un superhéroe? El padre, con cierta desgana en el tono de su respuesta, devolvió a su hijo a la prosaica realidad.
 –Si, sólo que éste no vuela.
Son los superhéroes del fútbol: visten una indumentaria especial que les distingue del resto de los vulgares jugadores que pisan el césped y poseen superpoderes tales  como tocar la pelota con las manos o desmaterializarse aparentemente en un palo y aparecer en otro para cruzarse en la trayectoria del balón. De algunos se dice, incluso, que pueden desviar la pelota con su sola mirada. Enemigos de los villanos del gol, pues su misión es evitarlos. Hoy hablaremos de los porteros de esta Eurocopa. Tipos de la estirpe de Yashin, Iríbar o Zoff que pueden llegar a recibir apelativos como “la Araña negra” o “el Santo”.
    Petr Čech (Pilsen, República Checa. 1982) es uno de los superhéroes más completos de esta competición. A pesar de poseer poderes sobrios como la colocación bajo palos o la seguridad blocando, también puede presumir de espectaculares cualidades como la supervelocidad, que le permite tener unos reflejos dignos de felino. Pero, como muchos otros superhéroes,  el distintivo más llamativo de Čech es su uniforme. En el año 2006 un combate mortal contra los villanos del gol estuvo a punto de costarle la vida, desde entonces un casco protege su único punto débil: la cabeza.
    El coloso incapaz de pasar desapercibido en su vida de incógnito responde al nombre de Manuel Neuer (Gelsenkirchen, Alemania. 1986). Es, como “la Cosa”, un muro infranqueable contra el que rebotan los balones. Posee además la asombrosa cualidad de aumentar su tamaño hasta ocupar toda la portería, como ya tuvieron oportunidad de comprobar los jugadores del Real Madrid y el Chelsea en las tandas de penaltis de la presente edición de la Champions. De sus poderes van a depender buena parte de las posibilidades de Alemania en esta competición.
    Si los superhéroes formaran un supergrupo, Gianluigi Buffon (Carrara, Italia. 1978) sería sin duda el jefe. Es un líder austero y silencioso que con sólo un gesto organiza y manda a sus hombres; es el capitán más veterano; y al que sus propios compañeros de la portería suelen elegir como mejor guardameta en las encuestas.  Por si fuera poco, ha experimentado todo lo que un superhéroe puede vivir: la gloria de ser campeón con su club y selección; la amargura del descenso con la Juventus; e incluso el coqueteo con el lado oscuro al estar bajo la sospecha de diversos escándalos. Poco amigo de lucimientos y partidario de la sencillez, es capaz de la acción más espectacular cuando la necesidad lo requiere.
    Iker Casillas (Madrid, España. 1981) es el típico muchacho metido a superhéroe por casualidad (y un poco a su pesar) al recibir sus superpoderes de forma accidental. De esos que tratan, inútilmente, de continuar con su vida “normal”. No le falta ni la clásica novia periodista. Se consagró nada menos que en la final de la Champions de 2002 teniendo que salir a sustituir a César, el portero titular, por una inoportuna lesión. Iker se despojó del chándal, descubrió su uniforme y saltó al campo para convertirse en el superhéroe de la noche salvando a su equipo y llevándolo hasta la victoria. Algo que, desde entonces, no ha dejado de repetir ni en el Real Madrid ni en la selección española.
    En la Rosaleda, un balón cruzado se dirigió directo a la escuadra cuando Casillas se hallaba cubriendo el otro palo. De repente, sin que nadie supiera como, el guante del portero apareció desviando el balón lejos de la meta.
-Te equivocas, Papá. Iker si que vuela. El padre no tuvo nada que objetar.

Iker Casillas volando en la final del Mundial 2010

domingo, 16 de enero de 2011

Ni en sueños

Todos soñábamos con que este año el Balón de oro recayera en un español, Xavi e Iniesta eran finalistas e incluso la Gazzetta dello sport filtró el nombre del manchego como ganador. Los dos eran campeones de Liga y sumaban el campeonato del mundo al título europeo conseguido hace dos años. Pero nada, ni por esas.
Un anuncio de una conocidísima marca deportiva emitido con ocasión del Mundial nos dio bastantes pistas, pero no supimos interpretarlas: Drogba, Cannavaro, Ribery, Cristiano Ronaldo... todas las estrellas de la firma soñaban como sería su vida y sus países si ganaban el campeonato del mundo ¿Todas? ¡No! Los españoles Piqué, Cesc y el propio Iniesta eran los únicos que ni siquiera aparecían sobre el campo: se les veía sentados tirando un periódico con enfado tras leer que la campeona era la Inglaterra de Rooney. Y es que, a los españoles, no se les permite ganar ni en sueños. Tal era así que, cansados de tanta frustración onírica, los chicos de la Roja no tuvieron más remedio que hacerlo realidad.
El Balón de oro es como los Oscar de Hollywood: como todo trofeo, no siempre deja sensación de ser justo. En el cine al menos queda el consuelo de que el tiempo deja las cosas en su sitio y las películas se revalorizan o devalúan con los años. Por ejemplo Perdición, de Billy Wilder, es considerada una obra maestra de forma unánime, mientras nadie recuerda ya Siguiendo mi camino (con Bing Crosby haciendo de cura), la película que le arrebató el Oscar en 1944. Pero el fútbol, a diferencia del cine, es un efímero "arte de lo inmediato". Un partido se juega y la crónica queda para los anales, pero rara vez vuelve a visionarse. Prácticamente ningún aficionado al fútbol ha visto ningún partido completo de los ídolos de la generación anterior. Así que los jóvenes aficionados de hoy día no son conscientes de lo ridículo e incomprensible que nos resulta que gente como Papin o Matthias Sammer tengan un galardón que no recibieron Klinsmann ni Maldini (por citar sólo un par de ejemplos).
Nadie duda que Messi sea el jugador más espectacular, explosivo y desequilibrante del planeta y decir que no merece el trofeo sería una barbaridad, pero desde que el Balón de oro y el FIFA world player se unificaron en 1995 (antes el trofeo estaba limitado a jugadores del continente europeo), una ley no escrita dictamina que los años de Eurocopa y, sobre todo, Mundial, consagran a un jugador de la selección campeona. Al menos ésa fue precisamente una de las excusas para no reconocer a Raúl González (y mis escasos lectores saben que no soy nada sospechoso de madridismo), un hombre que, además de serlo todo en el Real Madrid, ganó con su equipo la friolera de seis Ligas y tres Copas de Europa.
¿Qué queda al final? Una sensación de injusticia y frustración generalizada. Porque, si a estos chicos no les ha servido de nada ganarlo todo con sus clubes y selección... ¿cuándo le darán el balón de oro a un español?
Yo, por si acaso, le recomendaría a Luis Suárez que duerma con el balón de oro bien agarrado. No sea que vengan durante la noche y se lo arrebaten aprovechando su sueño.

Luis Suárez. Único balón de oro español hasta el momento
(y por lo que se ve, a perpetuidad), contempla su trofeo. Que tenga cuidado...

domingo, 26 de diciembre de 2010

Donde los limones florecen

Wo die Citronen blüh’n (“Donde los limones florecen”), de Johan Strauss “hijo”, es un vals que homenajea a la cálida Europa meridional. A ese Mediterráneo al que la aristocracia austro-húngara escapaba huyendo de los rigores del clima centro europeo. Y es que, el origen de los Habsburgo vieneses era aún más español que el de sus primos de la Península, probablemente esa nostalgia por España sea la causa de la demanda de valses de temática española como Rosen aus dem Süden (“Rosas del sur”) o la aún más obvia Spanichermarsch.
Cuando el emperador Carlos V, asqueado por su propia política europea, abdicó retirándose a Yuste rodeándose de cocineros y cerveceros flamencos, repartió sus dominios entre su hermano Fernando y su taciturno hijo Felipe. A Fernando, que a diferencia de Carlos había crecido en España y era considerado “el más español” de la familia, le cedió sorprendentemente la corona austríaca. Lo primero que hizo el hombre cuando se instaló en Viena fue rodearse de corte, amigos e incluso tropas procedentes de España.
La primera vez que el Danubio azul se tiñó de rojo fue tras romper el sitio de Viena, asediada por las tropas turcas. Cuando las noticias de la cercanía de los invencibles turcos llegaron a Viena, la mayoría de la población de la ciudad, soldados del ejército austríaco incluidos, huyó presa del pánico hacia el interior del país. Como los soldados españoles de Fernando (hombres procedentes en su mayoría de las tierras de Castilla) estaban bien lejos de su hogar y tampoco tenían a donde huir, decidieron salir de las murallas y enfrentarse al invasor. La vergüenza nacional hizo que este episodio de la historia austríaca fuera silenciado hasta el punto de ser prácticamente desconocido en nuestros días.
También fueron los españoles los responsables de teñir por segunda vez de rojo el Danubio azul, aunque esta vez no fue a fuerza de sangre, sino de buen fútbol. La selección española se coronó campeona de Europa en el Prater vienés jugando un fútbol a ritmo de vals. En una ocasión vi un montaje televisivo en el que el famoso vals de Strauss servía de música de fondo, como a la danza de naves de Kubrick en 2001, a las vueltas espirales de Xavi, las diagonales de Iniesta, los imposibles vuelos de Casillas y los cambios de ritmo de Torres. Aquel 29 de junio de 2008, concluía un largo historial de derrotas y fracasos y comenzaba una nueva página en la historia de la selección.
Han pasado cincuenta años desde que Luís Suárez ganara el balón de oro y “sólo” hemos tenido que ganar una Eurocopa y un Campeonato Mundial para que un jugador español vuelva a ser reconocido por el mundo del fútbol. Aunque para muchos de nosotros ya lo era desde hace años, el guante de oro concede oficialmente a Casillas el título de mejor portero del planeta, mientras que ya parece un secreto a voces que el balón de oro será al fin para un español. O bien Xavi, o bien Iniesta, levantarán el preciado trofeo que los nombre mejor jugador del 2010. A mi, particularmente, me gustaría más que fuese Xavi. No sólo como premio a su historial ni a toda su carrera, no sólo por su clarividencia a la hora de leer el juego sobre el campo, su polivalencia, su llegada al área o su definición cara al gol. Tal vez lo que más admire de Xavi, es que un hombre de tan sólo 1'70 y con un físico aparentemente limitado para bregar en una zona del campo que habitualmente se llena de medios-centro “perros de presa”, hizo de la necesidad virtud para hacer que todas esas características dobleguen a jugadores con mucho más músculo y potencia. Dicho esto, tampoco protestaría porque se lo dieran a Iniesta, el hombre que con su gol cumplió los sueños futbolísticos de generaciones de españoles.
El fútbol mundial reconoce al fin a los nuestros y muchos españoles se frotan los ojos incrédulos, pero si alguien podía hacerlo eran ellos: los chicos que consiguieron el prodigio de que un 11 de julio de 2010, en plena noche del invierno austral africano, los limones volvieran a florecer.

martes, 13 de julio de 2010

Campeones con rostro humano

“Es el nieto de España… ¡Y mi nieto!”, contestaba orgullosa ante las cámaras la abuela de Andrés Iniesta la mañana después de la victoria mostrando el lado más familiar del futbolista. Al mismo tiempo el abuelo resaltaba, con toda la naturalidad del mundo, no que el chaval hubiera marcado el gol de la victoria en la final, no que sea uno de los mejores jugadores del planeta, sino que siempre trabaja sin protestar sobre el terreno de juego y que no se quejó por ninguna de las patadas recibidas. Esa imagen resume la de toda la selección. No sólo fue la mejor. No sólo ganó. Sino que, además, fue el triunfo de los chicos de la calle. De gente sencilla que ha huido de galácticos estrellatos y ha avanzado hasta la victoria final con discreción, con modestia, mostrando un rostro humano. El propio Iniesta tuvo un hermosísimo gesto en la final al marcar el gol. No lo celebró con alguno de esas estudiadas poses cara a la galería cuyo único objeto es copar las televisiones, portadas y pósters para la posteridad, sino que, en un gesto entrañable que lo honra aún más (si cabe), recordó a un joven futbolista muerto en la flor de la vida, el malogrado Dani Jarque.
Ese lado modesto, silencioso y trabajador comienza por el propio seleccionador, Vicente del Bosque, que en otro gesto humano pidió una sola cosa a los jugadores tras la final, que su hijo Álvaro, con síndrome de Down, pudiera cumplir el sueño de celebrar la victoria subido sobre el autobús junto a todos sus ídolos. No hace falta decir que todos aceptaron. En un mundo futbolístico de “estrellas” con look agresivo y actitud estudiadamente macarra, el seleccionador no sólo ha tenido el mérito de que su equipo juegue bien, sino que también transmitan la sensación de ser buenas personas.
En contraste, y como en una apocalíptica película de ciencia ficción, el rival en la final para unos héroes humanos no podía ser otro que una “naranja mecánica”. Cuando antes de la final los holandeses dijeron que serían fieles a su estilo, todos pensamos en la naranja de Cruyff y Neeskens, o en aquella de Gullit y Van Basten. Los equivocados éramos nosotros: en realidad se referían a la de Burgess y Kubrick. Así fue Holanda, agresiva y gratuitamente violenta hasta la repulsión. Algunas de las patadas y agresiones que (con el consentimento del árbitro) propinaron, hubieran sido más merecedoras de un tribunal penal que de uno futbolístico. No sólo no supieron jugar, sino tampoco perder. Recién concluido el partido aún reclamaban con indignación ostensible algo al árbitro. Imagino que el hecho de que ningún jugador español hubiera necesitado desfibrilador o la amputación de un miembro, era prueba irrefutable de la injusticia por las amonestaciones recibidas.
Pero si había algún jugador español cuya verdadera condición humana siempre despertó dudas, ese fue Casillas. No sólo aguantó con sobrehumana indiferencia las injustas críticas sobre la supuesta influencia negativa en su rendimiento por su relación con la periodista Sara Carbonero, sino que hace tiempo que sus increíbles paradas lo elevaron a la sobrehumana categoría de santo. Dos imposibles “mano a mano” en los que el portero sacó el balón a Robben, parecieron confirmar su sobrehumana condición. Pero estábamos equivocados. Cuando Iniesta marcó, Casillas reaccionó llorando como un niño. Era la primera vez que pudimos ver al capitán en toda la grandeza de su humanidad.
Tras la victoria su novia trataba de entrevistarle con toda la profesionalidad de la que era posible. Casillas no aguantó más y, con la más humana de las reacciones, se abalanzó sobre ella para besarla. Así terminó el mundial 2010, el de la victoria española, como el clásico final de una película del dorado Hollywood, con el beso de la pareja enamorada.
Quien iba a decirme a mí, que algún día acabaría escribiendo esto.

lunes, 5 de julio de 2010

El sueño de Victor Frankenstein


¿Quién no se decepcionó alguna vez de niño al desenvolver el juguete deseado y comprobar que no se parecía tanto al de los anuncios? ¿Quién no se ilusionó con el trailer para luego asquearse profundamente viendo la película? También Victor Frankenstein soñaba con crear vida humana a partir de cadáveres y lo que consiguió fue una criatura torpe, lenta, descoordinada y con un momentáneo instinto asesino. Yo había soñado una y otra vez en cada mundial con el día en que España pasara a semifinales. Me imaginaba a mi mismo bajando al centro para perderme entre abrazos, cánticos y banderas al viento en la marea de aficionados y, cuando llegó el día, no se pareció en nada a eso.
En el minuto 57 de la segunda parte, cuando Cardozo colocaba el balón sobre el punto de penalti, España estaba otra vez contra las cuerdas en unos cuartos de final. Y (con todos los respetos) quien la tenía así no era ningún equipo grande ni ninguna campeona histórica, ni siquiera una selección anfitriona. Quien tenía a España contra las cuerdas era Paraguay. Luego pasó lo que pasó, el partido pudo haberlo ganado cualquiera, pero lo ganó España, no por jugar bien (que no jugó), sino simplemente porque detrás tiene a un señor llamado Casillas y delante a un señor llamado Villa, se acabó.
El caso es que yo veo a España y, a pesar de tener los mejores jugadores de nuestra historia (y probablemente de este mundial), no veo motivos para soñar. España desarrolla un fútbol horizontal, lento, monótono, previsible, estéril. Dicen en las tertulias periodísticas y las de a pie de calle que los rivales nos tienen muy estudiados. Como si la labor de cualquier entrenador rival no fuera esa. Por lo demás cabría preguntarse si es que sólo estudian a España, porque un analista táctico como Capello fue barrido por Alemania, nuestra próxima rival.
Y es que, pocas horas antes, los alemanes dieron miedo (al menos a mí). No sólo han hecho el mejor fútbol de la primera fase, sino que han llegado a semifinales dejando en el camino a dos campeones del mundo y favoritos al título como Inglaterra y Argentina. Si en vez de los nombres de sus víctimas miramos los números el susto continúa: llevan 13 goles en cinco encuentros (lo que supone un promedio de 2’6 por partido).
En 1954 Hungría llegó al mundial de Suiza como la gran favorita al título. Hacía un fútbol primoroso y pocos meses antes su creación táctica del 4-2-4 había humillado, por primera vez en la historia, a los mismísimos inventores del fútbol en su feudo de Wembley. Alemania fue uno de los equipos que intentó copiar su táctica y estilo, pero todos coincidían que era como comparar al monstruo de Frankenstein con un ser humano: una torpe y lenta imitación. Buena prueba de ello se produjo cuando ambos equipos se enfrentaron en la primera fase del mundial, con un contundente 8-3 favorable a Hungría. Pero a pesar de sus movimientos torpes y descoordinados, el monstruo fue avanzando lentamente hasta la final. ¿Saben lo que pasó? Que la criatura lobotomizada se las apañó para vencer al inimitable modelo húngaro por 3-2.
Más de medio siglo después, Luís Aragonés convirtió España en el equipo primoroso y, gracias a ese fútbol, ganó la Eurocopa en 2008. Los derrotados de aquella final, Alemania, tomaron buena nota y decidieron abandonar su tradicional fútbol tosco y físico para imitar el elaborado juego de toque español. Sólo dos años después de aquella final, Alemania parece la selección original y la España de Del Bosque la torpe imitación. El monstruo sin entendimiento que, como la criatura de Frankenstein, deambula de forma lenta y previsible por el terreno de juego y de la que sólo hay que temer un momentáneo instinto asesino.
Al día siguiente del partido de cuartos un amigo me comentó que estaba disfrutando como un loco porque en dos años hemos visto lo que ningún aficionado español en casi un siglo: España campeona de Europa y semifinalista de un mundial. A lo mejor tiene razón. A lo mejor hay motivos para estar ilusionados. A lo mejor el equivocado soy yo. A lo mejor nuestro masoquista historial de fracasos me impide saborear el éxito. A lo mejor la criatura despierta y acaba pareciéndose al sueño de Victor Frankenstein. O, quien sabe, a lo mejor vence simplemente gracias a su momentáneo instinto asesino. Ojalá sea así.

sábado, 13 de marzo de 2010

El último brindis

El último de los artículos escritos con motivo de la Eurocopa 2008 fue publicado por primera vez gracias a la generosidad de el blog de Bartola. La victoria de España cerró muchas heridas para la afición y abrió un montón de recuerdos personales. Por eso, lo que iba a ser un homenaje al éxito de la selección, acabó convirtiéndose en un emocionado tributo a mi abuelo: Joaquín Durán Peralta, "el último hombre de palabra". Hoy también lo dedicamos a todas esas aquellas personas que no pudieron vivir ese momento con nosotros porque ahora contemplan el fútbol desde los "Campos Elíseos". Seguro que después de leerlo todos desearéis que pronto se convierta en "el penúltimo brindis".


EL ÚLTIMO BRINDIS

DOMINGO, 29/06/2008

Llorar por el fútbol es algo absolutamente normal. El fútbol no deja de ser un espectáculo, pero a diferencia de cualquier representación es algo auténtico, donde los actores se interpretan a sí mismos y la épica, la tragedia o el final feliz que viven es real. Por eso yo nunca he entendido a aquellos que desprecian las lágrimas en el fútbol y luego les parece lógico y respetable llorar en el cine o la ópera.

Esta es una historia que comienza con lágrimas.

Tres jovenzuelos lloraban desconsoladamente la tarde que España caía injustamente eliminada por Italia en los cuartos de final del mundial de 1994. El viejo se acercó hasta ellos y trató de animarles con una frase sentenciosa que reflejaba esperanza y amargura a partes iguales: Niños, no lloréis; porque vosotros todavía podréis ver ganar a España en muchos mundiales, pero yo éste es el último que veo.

El tiempo demostró que la segunda parte de la afirmación era cierta, entre otras cosas porque tú lo quisiste así negándote a ver el mundial de cuatro años más tarde. Quien sabe, si el hecho de haber pronunciado aquella frase tuvo algo que ver, porque tú cumplías la palabra dada con tal celo, que muchas veces lindaba más bien en el terreno de la cabezonería. Después, cuando tú ya no estabas, la primera parte de la afirmación se convirtió en un chascarrillo familiar, algo con lo que nos reíamos cada vez que lo recordábamos como un chistecillo recurrente ¿España ganando una competición? Y entre nosotros ironizábamos que aunque viviéramos miles de años, la selección estaba lo suficientemente maldita como para llegar a vivir ese momento.

A ti, malaguista irreductible y simpatizante del “Atlético” Bilbao. A ti, republicano y patriota. A ti, creyente con corazón semanasantero y alma anticlerical. A ti, que sólo te escuché idolatrar a Douglas Fairbanks, Ben Barek y Gardel. A ti, defensor de Málaga hasta el chovinismo. A ti, digno pintor de brocha gorda. A ti, que como Ethan Edwards en Centauros del desierto nos enseñaste que un hombre sólo empeña su palabra una vez, y como el propio John Wayne podías llevar a gala el ser Feo, Fuerte y Formal. A ti, zocato cerrado para golpear la pelota y mágico ambidextro para todo lo demás. A ti, que sembraste en mí el gusto por los toros, te fuiste sin verlo florecer y ahora daría lo que fuera por acompañarte a los tendidos. A ti, ¡que sólo a ti debemos esta pasión por el fútbol! A ti, que esta noche te vas a fastidiar porque, aunque padecías una fobia mahometana al alcohol, vas a perdonarnos a los tres el alzar las copas y brindar por tu memoria. Porque yo sé que, estés donde estés, esta vez eres tú el que se ríe con nosotros recordando aquel viejo chascarrillo familiar.

Esta es una historia con final feliz.

viernes, 29 de enero de 2010

EL equipo de la risa


Prosigo la recopilación de artículos antiguos de fútbol con otro de la selección española. Era el mes de febrero de 2008 y la cosa olía a repesca y nueva decepción, por lo que algunos optamos por llevar el posible fracaso con el mejor humor posible. No os podéis ni imaginar como me alegré de haberme "comido" este artículo. Por otras parte, la visión cómica de la trayectoria de España hasta aquel momento, no me parece desacertada

EL EQUIPO DE LA RISA

VIERNES, 08/02/2008

Mundial 78. Primera fase. España-Brasil: empate a cero. Un balón muerto llega hasta un atacante español en el área pequeña. Bajo palos sólo hay un defensa. El español chuta y deposita mansamente el balón justo a los pies del brasileño. ¿Es esta imagen fruto del delirio de una mente febril e hilarante? No, es Cardeñosa con la selección española.

Final del mismo mundial. Último minuto con empate a cero. Un jugador español chuta a puerta vacía con toda su alma. El balón, tras golpear el palo, cruza el campo y se dirige directamente al fondo de la red española. ¿Es la selección nacional? No, es Mortadelo en una de las más famosas historietas de Ibáñez.

Es como si la mala leche de los tebeos y la trágica realidad compitieran al “más difícil todavía” por quién idea un final más agónico y esperpéntico en cada nueva eliminación del combinado español.

Y la afición sufre. Sufre mucho, igual que sufría yo. Hasta que un día me harté y decidí contemplar las andanzas de España de forma objetiva, desde fuera, sin implicación. A fin de cuentas, si uno se carcajea de las absurdas situaciones de la España de Mortadelo y Filemón, ¿por qué no ver los partidos a la luz de la comicidad? Cómo quien lee un tebeo, o como esos programas de vídeos caseros en los que sus anónimos protagonistas se dan tortazos imposibles bajo risas enlatadas. Ya saben, nada hay más divertido que la desgracia ajena y las tartas de merengue estrelladas en la cara. Y, créanme, no es sólo menos sufrido, sino cómicamente insuperable. He aquí una antología:

Final de la Eurocopa de Francia, 1984. Empate a cero. Platini lanza una falta señalada al frente del área, el balón sortea la barrera y Arconada, calculando mal el salto, cae de forma extraña sobre la pelota. El balón, como un invento teledirigido del profesor Bacterio, se hace hueco a través de la imposible concavidad entre césped, brazo y axila., sale aturdido de debajo del portero y, haciendo gala de gran suspense, entra a trompicones en la portería. El resto de la historia es sabido: Francia fue campeona.

Mundial de EE.UU. 1994. Cuartos de final. España e Italia empatan a un gol. Una pelota perdida llega hasta Julio Salinas dejándolo completamente solo ante el portero. Pagliuca sale de la meta haciendo grandes aspavientos con brazos y piernas mientras salta ante Salinas con los ojos cerrados al deseo de “sea lo que Dios quiera”. Salinas, tan asustado como él por este repentino regalo caído del cielo, cierra también los ojos y chuta encomendándose a lo mismo que su rival. El balón acierta a estrellarse contra una de las piernas del italiano y, tras varios rebotes, llega hasta Roberto Baggio que marca. España eliminada.

Mundial de Francia. 1998. España-Nigeria, primera fase. Un jugador africano llega hasta línea de fondo y mete en el área un flojo e inofensivo centro-chut que se dirige mansamente a las manos de Zubizarreta. El guardameta español, como compadecido por tan torpe remate, decide mejorarlo y, ni corto ni perezoso, se presta a colocar la manopla de forma que desvía el balón directamente al fondo de las mallas. España eliminada en la primera fase.

Eurocopa 2000. Cuartos de final. España 1 Francia 2, último suspiro del partido. Los franceses cometen un absurdo penalti que Raúl, mejor jugador del equipo e ídolo de la afición, se presta a transformar para forzar la prórroga. El delantero ya se ve como el héroe contemplado desde la eternidad… y allí es donde manda precisamente la pelota. Pitido final, conclusión del partido y España eliminada.

Me he limitado a cuatro, pero bien podían haber sido otras tantas más. Ante el cambio de perspectiva ahora aguardo cada gran cita mundial con la incertidumbre de si la siguiente eliminación superará en imaginación, gracia y donosura a la anterior. ¿Serán fulminados por un invento lanza rayos del Bacterio, como en “Mundial 82”? ¿Se disfrazará algún jugador de balón para, como Mortadelo en “Mundial 94”, entrar en su propia puerta? ¿Derramará algún terrorista gamberro sobre el campo, como en “Mundial 98”, un virus que vuelva a los futbolistas inútiles? ¿Hipnotizarán a los nuestros como en “Mundial 2002” para que se dediquen a hacer monerías en vez de jugar al fútbol?

Con permiso de Francisco Ibáñez, la selección española da tanta risa como la de Mortadelo.

miércoles, 27 de enero de 2010

Cuando fuimos los mejores

Comenzamos las publicaciones con la "reedición" de este artículo escrito con el comienzo de la Eurocopa 2008. En aquel momento, evidentemente, yo no sospechaba que España sería la brillante campeona. Echando la vista atrás me sigue gustando el artículo y, sobre todo, el no haber imaginado el final de la historia...

CUANDO FUIMOS LOS MEJORES

MIÉRCOLES, 11/06/2008

A mi hermano, que para su desgracia la juventud no le permite recordar cuando fuimos los mejores.

España, subcampeona de Europa en 1984
La actitud del español medio (entre los que me cuento) ante las grandes citas internacionales de la selección, ha sido tradicionalmente la de escepticismo antes de la primera fase, ilusión tras su superación, y total desencanto con la eliminación. Digo tradicionalmente porque en los últimos años han ido surgiendo dos nuevas actitudes.

A mediados de los 90 apareció el ilusionado perenne. Ese aficionado que deja espolear su emoción por periodistas ávidos de vender humo para hacer caja y llega a cada evento con el convencimiento de que España (aunque haya conseguido la clasificación en condiciones infames o lleve un equipo abominable), es clara favorita y tiene las mismas papeletas que cualquier selección histórica para ser campeona (todo lo que ahora se ha venido a resumir bajo el grito de podemos). Hay que reconocer que, vistos los tradicionales resultados que se repiten mundial tras mundial y eurocopa tras eurocopa, es meritorio y digno de asombro (o, según se mire, de compasión), mantener esa inquebrantable fe en la selección.

El segundo tipo acaba de surgir entre muchos jovenzuelos, seudo analistas del fútbol y enteradillos sin memoria histórica balompédica. Una clase que con el atrevimiento propio de la ignorancia se atreve a anunciar el fracaso de España basándose en que la selección nunca ha pasado de cuartos. ¿Nunca? La selección española no sólo pasó la ronda maldita en el 64, cuando fue la campeona, también pasamos cuartos, semis y llegamos hasta la final en el 84. Y yo lo vi… Cuando fuimos los mejores.

No existe ningún deporte ni competición en el que puedan ganar los dos contrincantes, aunque creo que, en la mayoría de los casos, todos podemos estar de acuerdo en que cualquiera de los dos supervivientes que han ido eliminado a todos y cada uno de sus rivales, sería digno de la última victoria, y que ésta se debe en muchos casos a factores irracionales e incontrolables como el azar. Es una pena que se recuerde a Arconada por aquella pifia en la final, porque durante aquel mismo partido, con el marcador aún a cero, le hizo a Platini un par de paradas de antología. Pero así fue la final del 84, cuando fuimos los mejores, en la que una acción puntual e infausta, decantó el partido a favor de Francia igual que podría haberlo hecho a favor de España.

Pero antes, para poder jugar aquella final, se produjeron dos de los momentos más épicos de la historia de la selección. El primero (sin precedentes ni consecuentes), fue el 12-1 a Malta con el que se consiguió el billete hacia Francia. El segundo, la eliminación de la siempre todopoderosa Alemania, cuando fuimos los mejores.

Aquella jornada fue especialmente mágica en Málaga. El partido no pasaba del empate a cero y a falta de pocos minutos para la conclusión, la señal de televisión se perdió en toda la ciudad. Inesperadamente, aquel fiasco de la tecnología bañó la noche de verano en un halo mágico y arcaico: los vecinos desempolvaron sus transistores para disponerse a vivir la retransmisión como en los tiempos antiguos (cuando la voz de Matías Prats dibujaba en las imaginaciones las galopadas de Gainza o los naturales de Manolete), y libres de la atadura sedentaria a la mesita del televisor, salieron a las terrazas en busca del fresco y se reencontraron con la ancestral noche mediterránea. Uno de aquellos era yo, sentado junto a mi hermano chico bajo aquella noche de ensueño, junto a una pequeña radio naranja que nos regaló mi abuelo y desde la que se cantó el gol de Maceda en el minuto 90. Un gol que era tan a la antigua como aquella noche embrujada: de cabeza y rematando en plancha tras un centro desde la banda.

Cuando fuimos los mejores, descubrimos una pequeña isla mediterránea en el mapa haciendo la proeza de marcar 9 goles en 45 minutos. Cuando fuimos los mejores, Maceda se abrió paso por entre un muro alemán lanzándose en plancha. Cuando fuimos los mejores, Arconada nos metió en la final europea volando como un pájaro en la ronda de penaltis contra Dinamarca. Cuando fuimos los mejores, los futbolistas no tenían nombres modernos y glamourosos, sino apellidos que sonaban a chusco, mus en la taberna y faca vieja, o aquellos propios de bravo navarro y gallardo vizcaíno. Cuando fuimos los mejores, habían jugadores del Athletic y la Real, las medias eran negras y la vuelta la bandera nacional.

Yo no había nacido para poder presenciar el campeonato del 64, ni soy madridista para poder haber visto la 7ª en Ámsterdam, ni soy tan guay como para haber visto a Nirvana en Woodstock. Yo era un niño de 9 años que aquella noche de verano agitaba los brazos en su terraza junto al transistor: Cuando fuimos los mejores.