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sábado, 1 de febrero de 2014

La guapa

Encarna Daffari posa junto a su padre, Antonio, en una foto de 1945

Se ha ido la que, según casi todos aquellos que la conocieron, fue la guapa de la familia.
Noventa y siete años mal contados. Mal contados porque, como todas las guapas, era coqueta como la que más. Y la guapa lo fue mucho. Tanto, que no le dolieron prendas tener que trabajar más años de los que le correspondían hasta la jubilación por haber falsificado su partida de nacimiento para quitarse edad. Así era la guapa.
La guapa parecía tener reservado un destino que le fue esquivo una y otra vez. Para empezar, tal vez tendría que haber sido el varón que mi bisabuelo siempre anheló pero nunca tuvo. El hijo que debería haberle acompañado en los varales y recogido su martillo de capataz el día en que lo colgara definitivamente. Así que, aunque guapa y mujer, vino al mundo con más cojones que el caballo de Espartero. Nunca hubo hombre, dentro o fuera de la familia, que lograra doblegar a la guapa. Ni siquiera su padre sabía bregar como ella con los duros obreros del muelle y curtidos braceros del campo que venían a negociar a la casa su jornal de hombres de trono. Por allí pasó sumiso incluso el bueno de mi suegro cuando aún no era siquiera el padre de mi mujer. Si, ya sé, un galimatías, como la vida de la guapa.
Pero decíamos que la guapa nació mujer, y como mujer bien pudo haber sido mi abuela. Ocurrió que, por avatares de la vida, su propia hermana se cruzó en el camino y acabó cumpliendo el que parecía ser su destino. Eso explicaría por qué, a pesar de los innumerables partidos que después pretendieron a la guapa, ninguno llegó jamás a formalizarse. Y así, en lugar de en mi abuela, la guapa acabó convirtiéndose en la tía Encarna, una de esas solteronas que tanto abundaron en las familias de la posguerra y a las que, como Dios no daba hijos, el demonio cargaba de sobrinos. Hasta ocho, de los cuales, por esas manías antisociales que acaban cultivando algunas personas sin cargas familiares, adoró públicamente a dos e ignoró con público desdén al resto. La guapa y sus cosas.
Tal vez todo ello condicionó que el resto de su vida estuviera plagada de paradojas y contradicciones. Como si al esquivar el destino que tenía deparado, su vida se hubiera extraviado moviéndose sin rumbo a través de callejones que no conducían a ninguna parte. Así, llegó a ser tanto camarada de los milicianos como fervorosa católica; sindicalista combativa y tradicionalista convencida; actriz de teatro y taquillera de cine.
Siempre contó o escuchó henchida de orgullo en las reuniones familiares que en su época fue la mujer más requebrada por las calles de Málaga con aquellos piropos antiguos y donairosos que tanto se estilaban y que se perdieron junto a esos tiempos. Y aun así, la guapa murió sola y a su funeral no acudió casi nadie. La despidieron los hijos que nunca tuvo, alguien que pudo ser su nieto y un vecino que fue mucho más que un miembro de la familia sin necesidad de compartir una sola gota de sangre. Paradójica hasta el final. Así fue la vida de la guapa.

Hermosa y contradictoria, suene la música del Adagio de la 7ª Sinfonía de Bruckner en homenaje a la guapa. Quiera alguien dedicar estos veinticinco minutos a tu memoria.


sábado, 28 de abril de 2012

El "pagao"

Enrique Vega es uno de los últimos supervivientes de una antigua estirpe: la de los hombres de trono asalariados, la de los pagaos. Los Vega pueden, además, enorgullecerse de pertenecer a una larga saga: Enrique es nieto, hijo y padre de pagaos.
La historia de estos hombres arrancó hace un siglo, cuando el tamaño de los tronos aumentó hasta el punto de que los elitistas hermanos de las cofradías (miembros de la burguesía malagueña), no tenían interés ni condición física para mover esas moles. Así tuvieron que recurrir, a su pesar, a los cargadores de los muelles, a los obreros de las fábricas y a los braceros del entorno rural.
Enrique se conserva en una forma excelente pero, como todos los hombres trabajados, aparenta algo más de la edad que tiene. Con una voz que suena a años de tabaco, cuenta historias que huelen a madera y a hierros viejos. Su historia cuenta como algunos de los tronos que aún se procesionan, se llevaban sobre vigas de ferrocarril, tenían dos varales menos y albergaban baterías para las luces (a algún trono ni siquiera le faltaba un compresor). Las fotografías también demuestran que se llevaban con unos cien hombres menos. A su audiencia, que escucha en silencio, ese esfuerzo sobrehumano le parece teñido de tintes tan épicos como el cantar de mío Cid.
Enrique habla con sus fuertes manos casi tanto como con su voz y, aunque es un conversador excelente, no emplea dos palabras cuando puede describir algo o alguien con sólo una.  Para aquellos hombres, nada épico había en ese trabajo: había miseria. Una miseria que ellos dignificaban con su esfuerzo. Aquellos tronos se sacaban por unos duros, un paquete de tabaco y un bocadillo que iba, desde un simple huevo cocido, hasta mortadela y carne de membrillo. Algunas cofradías, las menos, incluían pastillas de chocolate, chicles y caramelos. Todo el lote (salvo el tabaco) iba a casa con la familia.
Pasaron los años y, aunque España fue saliendo de la miseria, el jornal por llevar aquellas moles apenas subió. Cada vez era más difícil encontrar hombres dispuestos a trabajar en un trono y éstos se llenaban con menos personas. Con un número de hombres con los que hoy día las cofradías ni se plantearían asomarse a la calle, ellos eran capaces de hacer la mitad del recorrido. Hasta que reventaban una de las dos cosas: o los varales, o los hombres. Como en el poema cidiano, la audiencia imagina con melancolía qué clase de vasallos habrían sido aquellos hombres si hubieran tenido un buen señor.
Entonces a los hermanos de las cofradías se les ocurrió llenar los tronos con cofrades que, en vez de cobrar, pagaran por ello. Los tronos se aligeraron, el aluminio sustituyó a la madera y las baterías y compresores se eliminaron. El número de hombres que antes se consideraba suficiente, ahora se veía escaso y los varales se ampliaron hasta albergar cien personas más. Para justificar este cambio, la elitista y bien formada burguesía malagueña cogió la pluma, escribió artículos y libros y convirtieron a los pagaos en los perdedores de esta historia. Les llamaron mercenarios, les llamaron desertores y, como a las huestes del Cid, les condenaron al peor de los destierros: al del olvido.
A través de la voz de Enrique y algunos de sus compañeros supervivientes, sus hijos y los que se consideran sus herederos, quieren traerlos desde su destierro hasta la memoria. Muchos ya murieron y regresan como fantasmas que claman justicia. Otros ya no tienen salud o perdieron sus recuerdos y otros, simplemente, no saben expresarse como Enrique.
Ahora, aquellos anónimos perdedores podrán dar su versión de la historia. Una historia que, a nuestros oídos, resuena como el crujir de la madera y la pesada herrumbre. Una historia de tintes tan épicos como un cantar de gesta medieval.
 

domingo, 9 de octubre de 2011

Como un viejo soldado

"Exilio en la roca", por Joseph Mallord William Turner (1775-1851)
Decía el general MacArthur que los viejos soldados no mueren, sino que se desvanecen en la distancia.
El destino quiso brindarle a este veterano la oportunidad de retirarse emulando su primera misión. Como un viejo soldado, preparó con mimo antes de irse a dormir un uniforme similar a aquel primer uniforme. Tras años de experiencia, aquella noche pareció un novato que se remueve insomne en la cama la víspera de su estreno y cuando al fin durmió, soñó con una flor que lució aquella primera vez esperando la mirada de una mujer. Al día siguiente ocupó por última vez su puesto junto a unos compañeros que, como venía siendo habitual desde hacía un tiempo, eran más jóvenes que él.
Lo que nunca pudo imaginar es que sus fuerzas le fallaran antes de poder cumplir con su misión. Con angustia acudió a su memoria como fuente de motivación. Recordó el tacto de aquel primer uniforme. Recordó aquel clavel prendido en la mirada de una mujer y sobre todo, recordó como aquella primera vez, cuando le abandonaron las fuerzas, otro veterano de voz aguardentosa le espoleó como un viejo sargento impidiéndole abandonar las filas y conduciéndolo hasta el final para acabar encontrándose con su propia dignidad y orgullo. Recordó y a pesar de ello (o quizás por ello), las fuerzas le abandonaron definitivamente.
Se despidió cabizbajo, abandonó la fila derrotado y se perdió entre la multitud con una vergonzosa sensación de fracaso. Si hubiera girado la vista hacia sus compañeros, habría advertido como le admiraban en respetuoso silencio mientras se desvanecía en la distancia. Como el sol entre las nubes aquella mañana de octubre. Como un viejo soldado.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Jesús Castellanos reflexiona sobre la historia del hombre de trono

"EL HOMBRE DE TRONO HA SIDO ANÓNIMO E INVISIBLE Y SU HISTORIA HA PASADO DESAPERCIBIDA DURANTE CINCO SIGLOS"

Decenas de asistentes se dieron ayer cita en el salón de la Agrupación de Cofradías con motivo de la conferencia de D. Jesús Castellanos “Hacia una historia del hombre de trono”, primera de las actividades culturales que la Asociación Cultural Hombre de Trono organiza para celebrar su XV aniversario y para las que cuenta con importantes figuras de la cultura malagueña como el profesor Juan Antonio Sánchez López, el historiador Antonio Lara, o el propio Castellanos.
Tengo una gran vinculación con esta Asociación a pesar de no haber ejercido nunca como hombre de trono”, comienza confesando Castellanos al narrar que estuvo presente en la fundación de la Asociación, ha sido partícipe en varias de sus actividades culturales e incluso pregonero oficial en el año 2006.

Jesús Castellanos dio una muestra de amenidad y erudición

CORREONISTAS Y HORQUILLEROS
Muchas señas de identidad que creemos inmutables de nuestra Semana Santa han ido generándose ante nuestra presencia: los adornos florales, el tamaño de los tronos y, por supuesto, el hombre de trono”. Para documentar sus tesis, Castellanos no dudó en bucear en los archivos históricos en busca de numerosos ejemplos ilustrativos, en un alarde de brillante erudición, pero sin sacrificar en ningún momento la amenidad. “El origen del hombre de trono son los hermanos portadores de las andas procesionales en el siglo XVII”. Castellanos puso, entre otros ejemplos, los estatutos de 1643 de la Hermandad del Santo Sudario, que sorteaba entre sus hermanos el derecho a portar las andas de las imágenes. Para hacer hincapié sobre el pequeño tamaño de esas andas nos remitió a la que más hermanos portadores tenía: “En 1655 la Hermandad de la Cena necesitaba veinticuatro hermanos dotados de correón y horquilla para portar a sus titulares”. Curiosamente, tal y como demuestran los estatutos de la Cofradía de Viñeros a finales del siglo XVIII “los hermanos portadores pagaban de su bolsillo el correón, la túnica y el escapulario a modo de cuota de salida”. Castellanos reflexiona sobre el hombre de trono de estos primeros siglos diciendo que “se sentía vinculado a su imagen y era un miembro de la hermandad”.

CUADRILLAS Y CAPATACES: LA PROFESIONALIZACIÓN
En el siglo XIX es difícil encontrar referencias a las personas que llevan el trono en los estatutos de las cofradías “posiblemente porque comienzan a ser llevados por asalariados”, perdiéndose así la vinculación entre el hermano y la forma de llevar su imagen. Es a finales de ese siglo cuando se produce la gran evolución de nuestra Semana Santa: las andas dejan paso a los tronos y el aumento de tamaño trae consigo la necesidad de contratar asalariados. Castellanos reflexiona que la mayoría de los cambios que han impulsado a la Semana Santa han coincido con graves momentos de crisis: “a la gente de Málaga nos gustan las procesiones a pesar del ambiente político y económico de cada época”. El nuevo hombre de trono procede de un entorno no cofrade (el puerto, la construcción el campo, etc.) y por ello trae con él un nuevo vocabulario que hace referencia a su entorno laboral: la cuadrilla de hombres; el capataz que sustituye al mayordomo; y probablemente la propia palabra hombre de trono. “Es curioso que sean asalariados y no hermanos quienes muevan el eje fundamental de una procesión en la calle: la imagen”. “Personas”, continúa Castellanos, “cuya motivación principal no era la devoción, sino la necesidad económica. Independientemente de que después pudiera nacer una vinculación sentimental con la imagen”. Es también digno de reseñar que la primera referencia a nuestro tradicional “paso malagueño” aparece documentada en esta época en una entrevista hecha a un hombre de trono por el Diario Málaga durante la Semana Santa de 1931: “Fíjese cuando el desfile se lleva por calle Larios a paso militar y rítmico”.

DE ASALARIADOS A HERMANOS
Tras la debacle de la década de los treinta y la reconstrucción de nuestra Semana Santa, los años cuarenta se inician con el modelo de hombre de trono asalariado con la salvedad de la orden de Servitas. Sin embargo las nuevas cofradías apuestan por el retorno a la idea de hermanos portadores. Viñeros y Pasión llevan sus tronos con el hábito o túnica de hermano, mientras que la cofradía de Estudiantes presenta la novedad, en el trono del Cristo, de llevar estudiantes (vestidos de traje) como hombres de trono. Aunque ninguna otra cofradía apostó por estos rescates historicistas, éste será, a la postre, el modelo que acabará imponiéndose.
En el año 1948 surge el intento, por iniciativa del obispo Herrera Oria, de hacer del Prendimiento una “cofradía obrera” con el hombre de trono como protagonista. Persona con una fuerte conciencia social, el obispo entiende que el hombre de trono representa a la clase trabajadora que con su esfuerzo sustenta la Semana Santa. Sin embargo el régimen franquista “en una jugada maestra de enroque” según palabras de Castellanos, “acabará integrando la hermandad dentro del modelo nacional-católico de sindicato vertical en versión cofrade”.
El desarrollo del tamaño del trono producido durante esa época, también se explica por la presencia del hombre de trono, “ya que la Agrupación de Cofradías repartía las subvenciones en función del número de hombres de trono que necesitara cada hermandad”.
A partir de los años sesenta la crisis económica hace cada vez más difícil el mantenimiento de hombres de trono asalariados. Son los años tristemente recordados por los tronos abandonados en las calles y en los que incluso se planteó seriamente la posibilidad de introducir ruedas. Una de estas catástrofes (la destrucción del tinglado de El Rico en 1969), provocará la reacción espontánea de la juventud cofrade malagueña que se enrola de forma desinteresada para sacar los tronos, regresando así el hombre de trono hermano del siglo XVIII. La estética elegida será la de Estudiantes y las túnicas son sustituidas por los trajes en casi todas las cofradías. “Una vez más”, resalta Castellanos, “un período de crisis política y económica servirá como punto de inflexión en el desarrollo de nuestra Semana Santa” y añade en una reflexión lapidaria “la idea de salvar lo que nos identifica, es lo que ha salvado siempre a nuestra Semana Santa”.

LA SINGULARIDAD DEL HOMBRE DE TRONO
Terminó Jesús Castellanos su conferencia reivindicando la figura del hombre de trono malagueño, ya que “la mayor seña de identidad de nuestra Semana Santa es que llevamos los tronos al hombro”. Especialmente interesante fue el paralelo bíblico de “al igual que era portada el Arca de la Alianza según las Sagradas Escrituras”. También defendió el vocablo hombre de trono: “una palabra tan nuestra y tan singular, que tiene equivalentes, pero no sinónimos”. Cerró por último su disertación invitando a los hombres de trono a indagar en su historia y su pasado, ya que “aunque el hombre de trono figura ya en los estatutos de las cofradías y su invisibilidad ha desaparecido, durante cinco siglos ha sido anónimo y su historia ha pasado desapercibida”.

lunes, 19 de abril de 2010

Crónica a vuela pluma de la Semana Santa de Málaga 2010 (Viernes Santo)

Lo siento pero no hay crónica de Viernes Santo. Lo confieso, por más años que lleve sacando un trono cuando llega mi día me paralizo. La impaciencia, los nervios, el miedo (¿por qué no decirlo?) me atenazan hasta el punto de que me vuelvo una persona huraña e insoportable (como bien saben y sufren los que me rodean). Por lo que cuentan los toreros es una sensación parecida a las horas previas a la corrida. No hay forma. Cada año me digo que saldré a ver las procesiones tranquilamente antes de sacar la mía. Una leche. Un año lo intenté: las vi como un zombie y sin enterarme de nada. Hasta que no me acerco al varal, esa sensación no se pierde.
Ahí os dejo un vídeo de mi Soledad del Sepulcro en la espectacular doble curva de Duque de La Victoria, San Agustín y Císter. No hay forma de agradecer a estos anónimos aficionados que realizan estos documentos.
Sobre una mesa sólo decir que el ambiente es indescriptible y nada tiene que ver con salir fuera. Además, allí tengo el privilegio de compartir esfuerzo, trabajo, sudor, alegrías y penas con algunos de los mejores amigos que cualquier persona podría desear.
Va por vosotros.

sábado, 6 de febrero de 2010

Los tiempos de Daffari

Antonio Daffari y su hija Encarna en una foto de mediados de los 40.
Al fondo el trono de la Soledad del Sepulcro.
A mi tía Encarna, hija del Capataz de las naves de Málaga

Hablar de los tiempos de Daffari es referimos a toda la primera mitad del siglo XX, o lo que es lo mismo; a los inicios de la moderna Semana Santa de Málaga tal y como ahora la conocemos. Antonio Daffari no es sólo el primer capataz de trono profesional del que hay noticia (especie que arranca con él y, desgraciadamente, parece extinguirse en la actualidad con Julio Torres). Es también el hombre que creó el característico paso malagueño con el que aún llevamos nuestros tronos y que, aunque no se repare en ello, es un símbolo más de identidad de nuestra ciudad. Como veremos más adelante, Antonio Daffari no sólo participó de forma activa en la Semana Santa como capataz, sino también en las reagrupaciones y fundaciones de Cofradías y Hermandades a principios del siglo XX.
No debemos tampoco olvidar que los tiempos de Daffari lo son también de otros míticos nombres de capataces contemporáneos. Algunos trabajaron junto a él, como Juan Ceja (su encargado de cola), otros comenzaron a su cobijo y se convertirían, andando el tiempo, en la “segunda generación” de capataces malagueños, cuyo máximo representante sería Manuel Sánchez, el entrañable “bigote pana” (fallecido hace pocos años), y no queremos dejar de recordar a otros capataces como “el Caimán”, Antonio Bros, o la también legendaria saga de los Polo (con los que además de coincidir en el tiempo, compartiría alguna que otra rivalidad profesional). Y, por supuesto, son también los tiempos de cientos de hombres de trono anónimos que con su gran esfuerzo, y no sin ilusión, hacían posible que moles de varias toneladas cargadas con baterías eléctricas(1), fueran levantadas sobre varales de madera maciza a cambio de lo que tan sólo suponía un extra para sus jornales en los muelles(2), la construcción, o los campos de los montes de Málaga. Hombres de trono a los que aún hoy día hay gente que califica de “mercenarios”, negándoles un merecido reconocimiento en la historia de la Semana Santa malagueña.
Antonio Daffari Hidalgo nació en 1883 en Barcelona, en el seno de una familia de heladeros malagueños de origen italiano. Su abuelo, Giuseppe d’Affari(3), había llegado a Málaga desde la localidad de Asti (próxima a Turín), contratado como maestro heladero, oficio que continuaría su hijo José Daffari, padre de nuestro capataz. Ésa debería haber sido también la profesión de su hijo Antonio si éste no hubiera antepuesto al deseo de su padre la otra gran pasión que compartía junto a la Semana Santa: los caballos. De esta forma, nuestro hombre llegó a ser maestro guarnicionero para las caballerías de la plaza de toros de la Malagueta(4).
Hombre de profundas convicciones religiosas, formó parte del grupo que, en torno al padre Ponce, reorganizó la Cofradía de Pollinica, junto a nombres tan señeros de nuestra Semana Santa como el de un jovencísimo Paco Triviño. Fue precisamente el padre Ponce quien le convenció para conducir por primera vez el trono de Nuestro Padre Jesús a su entrada en Jerusalén. Corría el año 1912(5) y muy poco después sumaría a este trono el de Jesús en la Oración del Huerto. Existen algunas fotos de la época en las que es posible verle ataviado (curiosamente) con traje oscuro y pajarita mientras dirige las maniobras del trono portado por horquilleros con túnica y faraona.
En 1925 participa también en la fundación del Prendimiento en Santo Domingo(6), Hermandad vinculada a los contratistas y proveedores del mercado de Atarazanas. La relación de Antonio Daffari con los comerciantes del mercado central venía a través de su esposa, María Herero (sic), dueña de una carnicería en la calle Puerta Nueva(7). Como podemos observar, la labor de nuestro hombre iba más allá de conducir los tronos por las calles de Málaga. Sin embargo, sigue siendo difícil romper el prejuicio aún existente en ciertos círculos, de que los capataces y hombres de trono (sobre todo los de antaño), formaban un grupo un tanto ajeno y extraño a la normal vida cofrade.
Existe otro dato más (aunque desconocido por no aparecer en ningún libro de historia), que si no relaciona directamente las inquietudes religiosas de Antonio Daffari con su implicación en la creación de cofradías, si lo hace con su preocupación por el patrimonio artístico y religioso (y en cierto modo revela también su valor): Fue él quien salvó y ocultó, junto a otros hermanos de la cofradía, la cabeza de Nuestro Padre Jesús en la Oración del Huerto, que había sido separada del resto de la talla durante el saqueo de la iglesia de los Mártires en los sucesos de mayo de 1931. El capataz vivía en calle San Telmo (cerca de la citada iglesia) y al parecer, en un momento de descuido por parte de los saqueadores, aprovechó para recoger la cabeza de la pila en la que se encontraba amontonada ocultándola en un paño(8).
Hay otras muchas anécdotas, ya relacionadas con sus labores de capataz, y que él no se cansaba de recordar en las muchas entrevistas que le fueron realizadas a lo largo de su vida: Percances, como el de que en una ocasión cayó al suelo ante el trono de la Pollinica y éste le pasó entero por encima, aunque salió afortunadamente ileso(9). Apuestas ganadas, como la que le valió una merecida cena al asegurar que conseguiría hacer doblar al nuevo trono de la Piedad con sus varales de catorce metros por la esquina de Especerías con calle Nueva(10)  O su anécdota preferida: como un lluvioso Viernes Santo de 1948 les avisaron a él y su cuadrilla (que ya se habían encerrado), para recoger al Cristo del Amor que se encontraba “chorreando” en plena calle Victoria. “¡Lo llevaron como leones!”. Contaba con emoción y orgulloso de sus hombres de trono.
“Sus” hombres de trono, y recalcamos lo de “sus”, ya que ésa es una de las características que diferenciaban al antiguo capataz profesional del actual: el vínculo personal con los hombres de trono. Como por entonces el varal no era considerado un puesto para los hermanos en los desfiles(11), las cofradías delegaban en los capataces la tarea de reclutar, tallar y organizar sus propias cuadrillas de hombres de trono. De alguna manera parecía querer evitarse todo contacto entre hombres de trono y hermanos, pues eran también los capataces los encargados del reparto de túnicas y de los pagos. En el caso de Daffari, todas estas tareas se realizaban en su propia casa(12) con la colaboración entusiasta de su hija Encarna (a la que todavía recuerdan con cariño muchos viejos hombres de trono(13). Cada capataz tenía un núcleo de confianza más o menos fijo con el que trabajaba a lo largo de toda la semana y repetía un año tras otro. Algunos hombres de trono, cuando ya los años y los achaques del cuerpo no les permitían pegarse al varal, eran reenganchados como botijeros o canasteros para poder continuar cerca de los tronos que durante tantos años habían llevado. Hermosa forma, sencilla y sincera, de implicarse con la Semana Santa.
Antonio Daffari fue capataz del Huerto y la Concepción, del Cautivo y la Trinidad, de Gitanos, de las Penas, del Rescate, de Sentencia y el Rosario, del Rocío, de Fusionadas, de la Sangre y Consolación, de la Buena Muerte y la Soledad, del Santo Suplicio, los Milagros y la Amargura, de la Piedad, de la Soledad del Sepulcro, del Resucitado, de la Divina Pastora, de María Auxiliadora, del Carmen, de la Victoria... y sobre todo de su querida Pollinica(14): su primera Cofradía y la última que estuvo sacando hasta el final de su vida(15). Así podemos verlo hoy día: vestido con túnica blanca, faraona y sandalias. Observándonos serio y solemne desde el silencio en blanco y negro de decenas de fotos antiguas.
Aunque Antonio Daffari murió en un ya lejano 1960, es todavía posible encontrarse con algún viejo hombre de trono que, con una sonrisa en los labios y un brillo especial en los ojos, nos comenta henchido de orgullo mientras consume pausadamente su pitillo: “Yo fui hombre de Trono, en los tiempos de Daffari”.

Notas:

1: Vaya como ejemplo que en los años 50 el trono de Humillación (el mismo que se procesiona en la actualidad y al que hay que añadir baterías, varales de pino, etc.) era llevado por tan solo ¡40 hombres!
2: En entrevista publicada por el diario Sur el 6 de abril de 1949, Antonio Daffari declara que el jornal máximo recibido por los hombres de trono es de “seis duros”. O sea, 30 de nuestras antiguas pesetas. El capataz aprovecha también el momento para reivindicar una subida de tarifas para sus hombres.
3: D’Affari es la grafía correcta del apellido en italiano que, al castellanizarse perdió el apóstrofe y derivó en Daffari. Antonio Daffari no llegó a tener hijos varones y todos sus descendientes directos llevan el apellido como segundo, así que, desgraciadamente, se perderá.
4: Su taller particular estuvo emplazado en la calle García Briz. Es curioso señalar que, debido a su oficio, fue durante años el encargado de confeccionar los uniformes de cuero para la “guardia romana” del Santo Traslado.
5: En el citado Sur del 6 de abril de 1949, Antonio Daffari declara que treinta y siete años atrás, sacó por vez primera el trono de la Pollinica.
6: Fuente: A. Llordén y S. Souvirón. Historia documental de las Cofradías y Hermandades de Pasión de la ciudad de Málaga.
7: Dato curioso: María Herero fue la primera mujer (y la única de su tiempo) con permiso para entrar en el matadero municipal.
8: Dicen de él que era hombre modesto. Esta historia jamás fue contada en público por Antonio Daffari. Si se ha transmitido ha sido posteriormente dentro de su familia.
9: En entrevista concedida al diario Sur el 1 de marzo de 1942.
10: Según Daffari, éste era el punto más difícil de todo el recorrido para los tronos de Semana Santa.
11: Excepciones eran Pasión y Estudiantes.
12: Su nieto Juan (mi padre) recuerda haber visto pilas de túnicas amontonadas hasta el techo con los colores de las distintas cofradías en casa de su abuelo.
13: Sin ir más lejos un día descubrí que mi suegro había sido en alguna ocasión hombre de trono para Daffari cuando me comentó que recogía su jornal en calle San Telmo, donde les pagaba “una señorita”.
14: Con toda seguridad de algunas más, pero no las incluyo en esta relación sin su total confirmación.
15: Fue recogiendo su testigo en la mayor parte de los tronos Manuel Sánchez “bigote pana”.