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domingo, 13 de mayo de 2012

Malos de película

¿Quién no ha vuelto durante su infancia entusiasmado del cine emulando al "bueno" con una espada o pistola imaginaria? Pasan los años y con la madurez comienzan a cautivarte esos fotogénicos malos de película. Esta es una propuesta de algunos de mis malos preferidos de la historia del cine.


¡Todos al búnker! digo... ¡Al castillo!

Hagen von Tronje (Hans Adalbert Schlettow. "Los Nibelungos". Fritz Lang, 1924). El terrible Hagen del Cantar de los Nibelungos es el arquetipo de villano capaz de llevar su ambición  desmedida hasta la total aniquilación (incluida la propia). Primero planea la traición del héroe Sigfrido y consuma su asesinato por la espalda. Después, arrastra a sus hombres a un inútil baño de sangre al matar de forma prácticamente gratuita al niño de Atila y Krimhilda. Sin embargo, a pesar de todas sus vilezas, su resistencia suicida en su último refugio le acaba dando una imagen heroica incompresible más allá del ámbito cultural germano. Tal vez, eso mismo explique a la perfección lo que estaba a punto de acontecer en Alemania.

"Como Orson me demande, visito a su mujer."
Verdoux, alias Varnay, alias Bonheur, alias Floray (Charles Chaplin. "Monsieur Verdoux". Charles Chaplin, 1947). Chaplin se adelantó a Welles para realizar su versión de Landrú, el asesino de mujeres que durante los años 20 se convirtió en el moderno "Barba Azul". Por primera vez en la historia del cine, se presentaba la paradoja de como un asesino despiadado podía ser, al mismo tiempo, un marido ejemplar y un padre cariñoso preocupado por sus hijos. Chaplin, además, convirtió el discurso final de Landrú antes de ser enviado a la guillotina en un alegato antibelicista comparando sus crímenes con el cinismo de todas esas guerras que banalizan la muerte "en nombre de la patria" .

"¡Mírame, , en la cima del mundo!"
Cody Jarrett (James Cagney. "Al rojo vivo", Raoul Walsh. 1949). Hasta el malo más malísimo y el mayor de los criminales quiere a su mamá y espera que se sienta orgullosa de su hijo. Por más años que pasen, la escena en la que el protagonista se entera de la muerte de su madre mientras está en el comedor de la cárcel, sigue siendo insuperable.

"¡No me cojas el cuchillo, me vuelve loco!"

Harry Powell (Robert Mitchum. "La noche del cazador", Charles Laughton, 1955). A medio camino entre un psicópata asesino en serie y el lobo de los cuentos de terror para niños. Y es que, a pesar de estar ambientada en la rural y puritana américa profunda, la única cinta dirigida por Charles Laughton tiene un aire de fábula infantil enmarcada en imágenes del más puro terror gótico que, como bien dice Fernando Trueba, es un claro precedente estético y narrativo de Tim Burton. Este lobo con piel de cordero que cautiva con su verborrea y juega con sus tatuajes, también pudo servir de inspiración para Robert de Niro al componer su personaje de Max Cady en "El cabo del miedo".

"Antonino, ¿Comes ostras o caracoles?"
Craso (Laurence Olivier. "Espartaco". Stanley Kubrick, 1960). Dalton Trumbo (uno de "los diez" de la lista negra de Hollywood condenado al ostracismo por comunista) fue el responsable de componer este patricio romano obsesionado con el poder, corruptor sin escrúpulos y de sexualidad ambigua, mientras que el gran Olivier fue capaz de llevarlo a la pantalla de una sola pieza. La escena en la que descabella desde el palco al gladiador Draba (Woody Strode) es, a mi juicio, una de las más violentas y brutales de la historia del cine sin necesidad de mostrar nada. Magistral Kubrick.

"Desde luego, la carne está por los suelos".
Liberty Valance (Lee Marvin. "El hombre que mató a Liberty Valance". John Ford, 1962). Ladrón, borracho, camorrista, asesino, violador... este es un malo con todas las de ley interpretado de forma repulsiva (y por tanto magistral) por Lee Marvin y el par de hienas que le acompañan (Stother Martin y Lee van Cliff). Sobre su cadáver se construyen una mentira, una carrera política y una leyenda a costa de arruinar una vida. Pero en el far west ni siquiera la verdad o la historia pueden contradecir a los mitos.

"Si me creen violento, esperen a ver
a Brando pagando la hipoteca de la isla".





Capitán William Bligh (Trevor Howard. "Rebelión a bordo". Lewis Milestone, 1962). El capitán de la Bounty es uno de los oficiales más sádicos y crueles de la historia del cine. Tanto es así, que incluso su honorable y obediente primero de a bordo Fletcher Christian (Marlon Brando), se ve arrastrado a la insubordinación y el motín. Hasta el tribunal militar que estudia el caso y le absuelve de culpabilidad le responsabiliza de "exceso de celo" en el cumplimiento de su deber. Quien no haya visto esta película siendo niño, no sabe lo que es odiar de verdad a un personaje de celuloide.

Todos sabéis perfectamente lo que está diciendo.
Darth Vader (David Prowse-James Earl Jones. "Trilogía Star Wars". G. Lucas, I. Kershner, R. Marquand. 1977-1983). George Lucas se valió de sus estudios de antropología para componer un personaje que mezcla las sagas nórdicas y artúricas con la estética de un samurai japonés y el fatum ineludible de los trágicos griegos. Es, sin duda, el malo de mi generación. En España el personaje es inseparable de la voz de Constantino Romero.

"Todos esos momentos se perderán... como lágrimas en la lluvia".
Roy Batty (Rutger Hauer. "Blade Runner". Ridley Scott, 1982). Los replicantes van a la busca de su creador para asaltarle con las mismas preguntas y preocupaciones que tenemos los humanos. No hay duelo interpretativo con Harrison Ford, pues Hauer se lo come literalmente. Su soliloquio del final (que por cierto improvisó) es, sin duda, uno de los momentos más mágicos y evocadores de la historia del cine.


Yo creo en Dios, pero temo a Keyser Söze
"El mejor truco que inventó al diablo fue hacer creer que no existía..." 
Keyser Söze (Scott B. Morgan. "Sospechosos habituales". Bryan Singer, 1995). Bryan Singer contó para su primera película importante con un reparto de campanillas (Gabriel Byrne, Kevin Spacey, Chazz Palminteri o Benicio del Toro, entre otros). Keyser Söze, es un personaje que, supuestamente, maneja los hilos de una poderosísima organización criminal, aunque su desconocido origen y naturaleza (es un ser a caballo entre lo real y lo imaginario, lo humano y lo diabólico) hace que muchos duden de su verdadera existencia. Con permiso de los seguidores de Hannibal Lecter, Keyser Söze es, a juicio de quien esto escribe, el malo de la década de los 90.
"... Y así, desapareció".

Ledger y su Joker han puesto muy alto el listón al próximo "malo".
Joker (Heath Ledger. "El caballero oscuro". Christopher Nolan, 2008). Muchos torcimos el gesto extrañados cuando supimos la elección de Nolan para el papel del mayor enemigo de Batman. Existía el precedente de Jack Nicholson y su personaje locuelo, socarrón y desenfrenado, pero el malogrado Ledger lo hizo olvidar con su magistral interpretación: este es un Joker que aterra, que saca lo peor de los seres humanos y que pone una mente brillante al servicio del caos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Dibujos animados y desanimados

El "tío Walt" me provoca
más escalofríos que Norman Bates

Nunca he sido un gran aficionado al género de animación. Ya desde niño prefería una de aventuras, un musical, una comedia o incluso un western antes que una película de Disney. Bambi me dejó una huella tan traumática que me ha impedido volver a verla de adulto y cuando he revisado alguno de los clásicos de toda la vida me han parecido llenos de aburridos números musicales, sentimentalismo melifluo y un sadismo gratuito,   así que no me extrañaría que el “tío Walt” hubiera padecido alguna clase de trastorno bipolar. Lo que sí es cierto es que no ocultó sus simpatía por todos los fascismos europeos, que fue un entusiasta colaborador de “la caza de brujas” macarthista y que los estudios Disney eran los únicos de Hollywood en los que no trabajaban judíos.
Disney  ejercía un control tan absoluto sobre el proceso creativo de sus películas que cuando murió los estudios cayeron en una lógica decadencia. A finales de la década de los ochenta un nuevo grupo de ejecutivos se hizo con el control de la compañía y decidieron sacarla a flote cambiando el espíritu de todo aquello que había sido "marca de la casa". La apuesta consistía básicamente en ir aligerando y modernizando los numeritos musicales, hacer guiones aptos tanto para niños como sus papis (que a fin de cuentas también veían la película) e ir sustituyendo progresivamente las dosis de crueldad y mala leche por sentido del humor. Surgieron así películas como La sirenita, La bella y la bestia, Aladdin, El Rey León, Pocahontas, El jorobado de Notre Dame o Hércules que no tardaron en llevar a los estudios Disney a una segunda edad de oro. Paradójicamente muchos de los nuevos ejecutivos eran judíos.
Para quien esto escribe fue una grata sorpresa volver a ver una película de animación y encontrarse con el nuevo giro dado por la compañía Disney, sobre todo porque el éxito de su nueva fórmula influiría en todo el género (y no sólo en su productora) para siempre. La ventaja de que el canon de las películas de animación hubiera sido tan estricto era que todo estaba por hacer...

Mulan (1998)
Hasta ese momento la película de animación que rompía con más tópicos. La protagonista no sólo no era una occidental, sino que incluso no se trataba de una chica en apuros, sino una muchacha que, haciéndose pasar por hombre, es capaz de vencer una batalla y salvar todo un imperio de uno de los "malos" más conseguidos de la historia de la animación (es brilantísimo el recurso narrativo de mostrar una simple muñeca para contar como los hunos planean y consuman el arrasamiento de una aldea. Seguro que el "tío Walt" hubiera preferido mostrarnos como destripaban viva a la dueña). Al final, en otra inesperado giro del guión, son los rudos compañeros de armas de la chica los que se disfrazan de mujeres para salvar al Emperador. Eso sí, el héroe resultaba demasiado cachas y machote para travestirlo. Tampoco se podía pedir que hicieran saltar todos los tópicos por los aires a la primera ocasión.


Monstruos S.A. (2001)
Pixar (compañía filial de Disney) ya había revolucionado el mundo de la animación en 1995 con Toy Story, primera película de la historia realizada íntegramente con efectos digitales. En esta ocasión nos sorprendía con un  mundo paralelo al otro lado de los armarios de los niños, poblado por  hilarentes monstruos. La escena de la huida interdimensional a través de las puertas es, a juicio de quien esto escribe, una de las mejores  persecuciones (y sin duda la más imaginativa) de la historia del cine. La resolución de la historia es tan sorprendente como divertida.





Shrek (2001)
La productora de Spielberg ya se había interesado por las películas de animación desde que en 1986 realizara Fievel y el Nuevo Mundo, aunque la cinta pasó por las pantallas sin pena ni gloria. En esta ocasión  (como en el poema Un mundo al revés de José Agustín Goytisolo) sí que todos los tópicos infantiles saltaron por los aires en un mundo de cuentos con príncipes malvados y heroicos ogros a la busca de princesas monstruosas. La secuela incluía a un divertido Gato con botas de acento andaluz (y casi me atrevería a decir "paleño) interpretado por Antonio Banderas, si bien era mejicano en la versión original. Es de justicia decir que las tres primeras películas de esta lista tienen en común el genial doblaje de José Mota, un hombre al que sin embargo no soporto como humorista.


Up (2009)
El guión de esta película estuvo varios años durmiendo en un cajón Una cosa era romper con los tópicos y otra bien distinta atreverse a hacer una historia protagonizada por un viejo solitario y gruñón en lucha contra la especulación inmobiliaria que junto a un niño con problemas de sobrepeso e integración social acaba viviendo la aventura de su vida. La magnífica escena del principio en la que se cuenta toda la historia del anciano sin una sola palabra contaba con el precedente de la también estupenda Wall-E y me parece uno de los mayores ejemplos de talento vistas en una producción de Hollywood en muchísimos años.





Según una leyenda urbana tan siniestra como sus clásicos infantiles, Walt Disney fue criogenizado a la espera de tiempos mejores. Puede que se trate de una historia sin fundamento, aunque también podría ser que con unas películas divirtiendo tanto a niños como a mayores y su productora llena de judíos, cualquiera es el guapo que se atreve a descongelarlo.

¡Si llego a saber lo que había dentro, no abro el congelador!

sábado, 3 de septiembre de 2011

Pactar con el Diablo

Cuando comencé este blog me propuse que sólo trataría temas que me agradaran, pero una conversación con mi buen amigo Juan Moreno (gran aficionado al fútbol, deportista y colchonero de pro), me convenció de que debía escribir este artículo.

Florentino, la plantilla y el madridismo en general se han entregado a José Mourinho en cuerpo y alma
La escena inicial de esta historia es bien conocida por todos: un pobre infeliz vende su alma al mismísimo Diablo movido por la avidez de éxito, fortuna, placer y gloria. La escena final de la historia es también de sobras conocida: la satisfacción de esas vanidades no compensa, ni mucho menos, la eterna condenación del alma y, a pesar de su arrepentimiento, el Diablo arrastra hasta el infierno al pobre infeliz entre risas macabras y nubes sulfurosas.
Florentino Pérez y el madridismo no pueden negar que entregar el club a José Mourinho es pactar con el Diablo. A imagen del manager inglés, el portugués goza de plenos poderes en el área deportiva, tiene carta blanca para fichar e incluso es la principal imagen del equipo. Hasta ahí todo normal, pero hay más. Mourinho ha impuesto la antideportiva idea de que para ganar todo vale. Al igual que el Diablo, exige entrega absoluta: Mourinho ha eliminado cualquier opinión o matiz dentro o fuera del vestuario con la sectaria idea de quien no está con él y sus métodos está contra él. Una de las primeras víctimas sacrificadas en esa escalada hacia el poder totalitario fue el hombre que debería haber sido la voz de la conciencia del madridismo: Jorge Valdano, a la sazón su inmediato superior como director deportivo y en las antípodas del portugués tanto en maneras como en criterios futbolísticos. Mourinho no cesó hasta conseguir su destitución y atribuirse sus funciones.
Al igual que el Diablo, basa su poder en el terror: Mourinho ha sembrado un clima cuya finalidad es el exterminio de cualquier oposición o disidencia tanto dentro como fuera del equipo. Para ello no ha dudado en arremeter contra árbitros, estructura de la competición, jugadores y entrenadores rivales… incluso UNICEF no ha podido escapar a los ataques del entrenador portugués. Tampoco la prensa se libra de plegarse incondicionalmente a su causa so pena de ser ignorada o simplemente ninguneada con el envío de un segundón (el también “hechizado” Aitor Karanka).  Incluso se permite tener un mefistofélico portavoz capaz de protagonizar los más esperpénticos sainetes en los que se incluyen humillaciones y amenazas a periodistas.
Pero, sobre todo, al igual que el Diablo, es peligroso: Mourinho se ha permitido incluso cruzar la línea entre el ataque verbal y el físico. Como en el caso del técnico Tito Vilanova, Mourinho no se conforma con la agresión, también tiene que humillar a su víctima en rueda de prensa con un mal chiste a costa de su nombre. Ha sido lo más osado, pero no lo peor. Lo peor es que ese perverso discurso que convierte a las víctimas en verdugos y hace pasar a los agresores por agredidos ha calado en el madridismo. Incluso ha conseguido el difícil malabarismo de hacer pasar los malos modales y la agresividad por una virtud como la sinceridad, mientras que la educación y las buenas formas se convierten en un vicio llamado hipocresía. Al igual que el Diablo, es retorcido. Suponemos que Florentino debe saber que esa política de “tierra quemada” puede conducir al éxito, pero también ata su destino al final de la era Mourinho. Es lo que tiene pactar con el Diablo.

Enemigo en la contienda, cuando pierde da... ¿no era la mano?
En algunas versiones del mito existe otra escena entre el pacto y el desenlace final en la que el taimado Diablo incumple su parte del trato y precipita la eterna condenación del pobre infeliz antes de que éste disfrute de todo lo prometido. En estas ocasiones el Príncipe de las Tinieblas se vale de un nuevo pupilo (otra cándida alma corrompida) que utiliza para proponer un “doble o nada” que puede consistir en un diabólico concurso de violín o, como en la muy entretenida película Cruce de caminos, de Walter Hill, un duelo de guitarras eléctricas (con Ralph Macchio tratando de salvar el alma de un viejo bluesman frente a Steve Vai como protegido del Diablo).
Al igual que el Diablo, Mourinho siempre tiene preparada una nueva presa por la que abandona a la anterior dejándola incompleta e insatisfecha. Siendo entrenador del Chelsea ya hacía guiños hacia el calcio y el Inter de Moratti. Del mismo modo que, una vez instalado en el banquillo italiano, no ocultó sus coqueteos con el Madrid de Florentino (al que por cierto, pretendía irse sin abonar ninguna clase de indemnización por cancelar su contrato en vigor con el club interista). Y es que Mourinho no ha hecho nada por esconder quien puede ser su próximo objetivo: la selección de Portugal. Como ya dejó claro al ironizar sobre la llegada de Pellegrini al banquillo del Málaga, Mourinho jamás acepta el reto de hacer competitivo a un equipo que no sea un potencial campeón (a diferencia de Fabio Capello que hizo ganar el scudetto a la Roma tras casi veinte años de sequía y se ha propuesto otro tanto con una selección inglesa que sólo tiene en su palmarés el Mundial de 1966). Es consciente de que si tiene alguna posibilidad de añadir a su currículum un campeonato de selecciones con su país, es con esta generación de futbolistas portugueses que nadie sabe cuando volverá a repetirse. Pero para ello hay un escollo importante: la selección española. No somos pocos los que sospechamos que tras esa vehemencia por enconar las relaciones entre los jugadores de Barcelona y Real Madrid, se oculta el comienzo de un diabólico plan para eliminar a España de su camino hacia el título. 
Si ese encuentro se produce, serán los jugadores españoles (incluidos, por supuesto, los del Madrid) esos hipócritas deportistas que provocan al contrario, se tiran a la menor entrada y fingen agresiones. Puede que ese día los Casillas, Xabi Alonso y Sergio Ramos lamenten no haber tomado las suficientes lecciones de violín o guitarra eléctrica. Si es así, que Dios se apiade de sus almas.

No os perdáis el duelo de guitarras de Steve Vai contra sí mismo (obviamente él grabó las dos partes y Macchio se encargó de una estupenda interpretación en playback). Por cierto, la obra clásica con la que gana su alma es el Capriccio nº 5 de Paganini de quien, curiosamente, se decía que para tocar así el violín debía haber vendido su alma al Diablo. 

domingo, 16 de enero de 2011

Ni en sueños

Todos soñábamos con que este año el Balón de oro recayera en un español, Xavi e Iniesta eran finalistas e incluso la Gazzetta dello sport filtró el nombre del manchego como ganador. Los dos eran campeones de Liga y sumaban el campeonato del mundo al título europeo conseguido hace dos años. Pero nada, ni por esas.
Un anuncio de una conocidísima marca deportiva emitido con ocasión del Mundial nos dio bastantes pistas, pero no supimos interpretarlas: Drogba, Cannavaro, Ribery, Cristiano Ronaldo... todas las estrellas de la firma soñaban como sería su vida y sus países si ganaban el campeonato del mundo ¿Todas? ¡No! Los españoles Piqué, Cesc y el propio Iniesta eran los únicos que ni siquiera aparecían sobre el campo: se les veía sentados tirando un periódico con enfado tras leer que la campeona era la Inglaterra de Rooney. Y es que, a los españoles, no se les permite ganar ni en sueños. Tal era así que, cansados de tanta frustración onírica, los chicos de la Roja no tuvieron más remedio que hacerlo realidad.
El Balón de oro es como los Oscar de Hollywood: como todo trofeo, no siempre deja sensación de ser justo. En el cine al menos queda el consuelo de que el tiempo deja las cosas en su sitio y las películas se revalorizan o devalúan con los años. Por ejemplo Perdición, de Billy Wilder, es considerada una obra maestra de forma unánime, mientras nadie recuerda ya Siguiendo mi camino (con Bing Crosby haciendo de cura), la película que le arrebató el Oscar en 1944. Pero el fútbol, a diferencia del cine, es un efímero "arte de lo inmediato". Un partido se juega y la crónica queda para los anales, pero rara vez vuelve a visionarse. Prácticamente ningún aficionado al fútbol ha visto ningún partido completo de los ídolos de la generación anterior. Así que los jóvenes aficionados de hoy día no son conscientes de lo ridículo e incomprensible que nos resulta que gente como Papin o Matthias Sammer tengan un galardón que no recibieron Klinsmann ni Maldini (por citar sólo un par de ejemplos).
Nadie duda que Messi sea el jugador más espectacular, explosivo y desequilibrante del planeta y decir que no merece el trofeo sería una barbaridad, pero desde que el Balón de oro y el FIFA world player se unificaron en 1995 (antes el trofeo estaba limitado a jugadores del continente europeo), una ley no escrita dictamina que los años de Eurocopa y, sobre todo, Mundial, consagran a un jugador de la selección campeona. Al menos ésa fue precisamente una de las excusas para no reconocer a Raúl González (y mis escasos lectores saben que no soy nada sospechoso de madridismo), un hombre que, además de serlo todo en el Real Madrid, ganó con su equipo la friolera de seis Ligas y tres Copas de Europa.
¿Qué queda al final? Una sensación de injusticia y frustración generalizada. Porque, si a estos chicos no les ha servido de nada ganarlo todo con sus clubes y selección... ¿cuándo le darán el balón de oro a un español?
Yo, por si acaso, le recomendaría a Luis Suárez que duerma con el balón de oro bien agarrado. No sea que vengan durante la noche y se lo arrebaten aprovechando su sueño.

Luis Suárez. Único balón de oro español hasta el momento
(y por lo que se ve, a perpetuidad), contempla su trofeo. Que tenga cuidado...

sábado, 12 de junio de 2010

Vaughan Williams y Thomas Tallis: Remando al viento



"Remando al viento", de Gonzalo Suárez, no es sólo una de mis películas preferidas, sino que a juicio de quien esto escribe, es una de las mejores películas españolas de todos los tiempos.
Apenas tenía 14 años cuando la vi por primera vez y la fuerza poética y visual de sus imágenes (en las que se combina la estética romántica con pinceladas del más puro surrealismo) dejaron en mí una huella indeleble: el monstruo de Frankenstein cobrando vida en un yermo helado; Byron gritando a la noche desde una barca que se abre paso a través de la niebla; un legado papal alimentando a una jirafa en las estancias de un palacio; el cuerpo de Shelley ardiendo sobre una pira funeraria en la playa...
Pero no sólo fueron sus imágenes las que me impactaron, tampoco olvidaré que con ella decubrí la "Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis", de Ralph Vaughan Williams.
La música inglesa apuntaba talento y buenas maneras entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Buena prueba de ello son la cadena de compositores que arranca con Thomas Tallis, continúa con Tobias Hume, William Lawes y John Dowland, y culmina con Henry Purcell. Parecía que Inglaterra podía ser uno de los grandes focos del barroco musical europeo... hasta que llegó Georg Friedrich Händel en 1712.
La estancia del genio alemán en Inglaterra supuso, a efectos creativos para los británicos, algo así como el paso del caballo de Atila. Händel se encargó tan bien de cortar de raíz a todos sus potenciales rivales musicales, que incluso después de su muerte y durante más de un siglo, no apareció en Inglaterra un sólo talento musical. Hubo que esperar a finales del XIX con la irrupción de los Elgar, Holst, Vaughan Williams, etc. para que los talentos británicos volvieran a emerger y un verdadero genio musical como Benjamin Britten no surgiría hasta el siglo XX.
De los citados músicos que se mueven entre el XIX y el XX, Vaughan Williams me parece el más atractivo. Bajo la influencia de su admirado y también contemporáneo el finlandés Jean Sibelius, la figura de Vaughan Williams aparece nadando a contra corriente. En una Europa donde los compositores ya experimentaban con la liberación de la tonalidad y la armonía, Williams y Sibelius compusieron en un estilo tardorromántico que a sus colegas del continente les resultaba tan anacrónico y trasnochado como la arquitectura neogótica del Parlamento de Westminster o las paredes empapeladas de los hogares británicos. Cuando las clásicas formas sinfónicas parecían muertas y enterradas, Williams insistió en componer nada menos que nueve, una de las cuales, la 7ª (llamada "Antártica"), transmite de forma portentosa un ambiente tan misterioso y amenazador como los páramos de hielo que evoca.
Muchos años atrás la composición que dio fama al joven Williams fue la "Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis". Al igual que los artistas del romanticismo, el compositor inglés recurrió al pasado nacional en busca de inspiración y convirtió un tema musical del siglo XVI en una pieza de fuerte contenido dramático.
También la película de Gonzalo Suárez es un hito romántico en todo el sentido estético e ideológico del término (no en su afección como sinónimo de cursi y sentimental). Una historia que exalta el culto por la libertad, la aventura, la atracción enfermiza por la muerte. Pero también un relato sobre ese miedo irracional que todos tenemos a que los malos augurios que nos asaltan de forma involuntaria sobre nuestros seres queridos, puedan materializarse en la realidad como en la peor de las pesadillas.

sábado, 6 de marzo de 2010

Fútbol en celuloide

El fútbol, a diferencia de otros deportes, no ha tenido mucha suerte al ser trasladado a la gran pantalla. En contraste el mundo del boxeo ha dado muy buenas películas y alguna que otra obra maestra (piénsese en El ídolo de barro, Más dura será la caída, Toro salvaje o incluso Rocky, por poner unos pocos ejemplos). El mismísimo John Huston rodó a mediados de los ochenta Evasión o victoria pero, a pesar de contar con la presencia de figuras como Pelé u Osvaldo Ardiles, la cinta pasó por las pantallas sin pena ni gloria.

Pero, ¿qué le ocurre al fútbol a la hora de ser filmado? ¿No es acaso fotogénico el verdor del césped? ¿O es que las grandes estrellas del balompié no tienen suficiente glamour y palidecen al ser comparadas con las del celuloide? Una primera respuesta podría ser la diferencia cultural. La factoría Hollywood marca el paso (para lo bueno y lo malo) en el cine mundial y, como es sabido, los americanos no han sentido nunca demasiado interés por ese juego al que ellos llaman soccer. Sin embargo, aun admitiendo este lógico razonamiento, yo creo que la clave apunta a otro lugar.

Volvamos al ejemplo del boxeo. A la hora de rodar un combate hay que diseñar previamente una coreografía hasta engranar, como un perfecto ballet, todos los movimientos, golpes, caídas, etc. Cuanto más ensayado esté, más realismo y autenticidad transmitirá en la pantalla. ¿Saben cuál es la diferencia con el fútbol? Que es poco suceptible de ser “fingido”. Inténtelo en casa: ¿hay algo más falso y antinatural que dejarse regatear? Cuando alguien dicta “tú ahora te tragas el amago, a ti te dejan sentado de culo y tú tienes que dejarte un caño”, todo parece quedar reducido a un ridículo paripé. En el fútbol, a diferencia del boxeo, la única manera de transmitir autenticidad es filmar un verdadero partido.

España, país futbolero hasta la médula, tampoco se ha caracterizado por llevar el fútbol a las pantallas con brillantez. En los 50 Once pares de botas (en la que un empresario intenta comprar a un equipo para que se deje perder con ¡ay! el Málaga) o La saeta rubia (con el gran Alfredo Di Stéfano) son ejemplos de infumables bodrios. Y recientemente Matías juez de línea, Días de fútbol o El penalti más largo del mundo no pasan de ser anécdotas más o menos simpáticas.

Otra cosa es Inglaterra. Los ingleses no sólo inventaron las reglas del juego, sino que (quizás por eso mismo) poseen una cultura futbolística más “especial” o “sofisticada” que el resto del mundo. En Inglaterra fútbol, cultura popular (incluyo, por supuesto, la música) y sociedad forman una conjunción de elementos permeables entre sí. Piénsese en el papel de la música en las gradas, donde, por poner el ejemplo más significativo, You’ll never walk alone fue extraído del musical Carousel para convertirse en himno del Liverpool, o donde un jugador no es verdaderamente grande hasta que no se gana una letra dedicada por la afición y coreada al son de algún clásico pop. Esa permeabilidad han sabido llevarla con brillantez a su cine, donde han hecho verdaderas buenas películas en las que la representación del juego no tendrá protagonismo directo, pero el fútbol aparece como un elemento más de la trama o es omnipresente telón de fondo para contar una historia. Son buenos ejemplos Quiero ser como Beckham, de Gurinder Chadha (en la que se refleja la lucha de una niña de origen indio contra los prejuicios culturales), Fuera de juego, de David Evans (basada en la novela de Nick Hornby “Fiebre en las gradas” y que narra como un hincha del Arsenal está a punto de arruinar su vida incapaz de vivirla sin la obsesión por el fútbol), o las recientes y también estupendas The Damned United, de Tom Hooper (sobre la rivalidad entre los entrenadores Brian Clough y Don Revie) o Buscando a Eric, de Ken Loach (en la que un hombre encuentra su espíritu de superación en la admiración por Cantona).

Hollywood dictará los entresijos del cine, pero nadie conoce los del soccer tan bien como los ingleses.