Los seres humanos solíamos ser los que, como extras en un decorado, pasábamos por la historia. Ahora la esperanza de vida ha aumentado tanto y el telón de fondo cambia tan a prisa que es la historia la que pasa ante nosotros sin casi poderla digerir.
Ha muerto Matilde Guerrero Mateos, nadie importante para los demás. Ha muerto mi abuela.
Cuando Matilde nació en 1914 aún existían tres imperios en Europa: el zar Nicolás II se sentaba en el trono de todas las Rusias; el káiser Guillermo II gobernaba Alemania con mano de hierro y el imperio austro-húngaro de Francisco José languidecía a ritmo de vals, mientras que Estados Unidos no era más que un proyecto de potencia político-económica.
Aprendió a hablar cuando el cine aún se mantenía en silencio. La gripe de 1918 la dejó huérfana de madre cuando finalizaba la I Guerra Mundial y el segundo matrimonio de su padre la convirtió en cenicienta de su propia casa en los tiempos en los que un rey inepto entregaba España a un “padrastro” como Primo de Rivera.
Tras la guerra civil, y mientras el mundo se hundía en la II Guerra mundial, se casó con un hombre que se negó con orgullo a aprovechar alguna de las ventajas de haber luchado en el bando de los vencedores porque en realidad pertenecía al de los vencidos y con esa misma dignidad de obrero sacaron adelante dos hijas mientras el franquismo se asentaba internacionalmente gracias a la guerra fría. Unas hijas que fueron creciendo mientras a España llegaban los Beatles o los Seat 600. Cuando la humanidad iba dando grandes pasos en la carrera espacial ellos dieron el “pequeño paso” de conseguir su piso en propiedad.
Sus nietos fueron naciendo a medida que la democracia iba naciendo en España y fue colgando las fotos de sus graduaciones al tiempo que aparecían cosas que jamás llegaría a usar ni entender como la informática, Internet o los teléfonos móviles. Fotos que ahora amarillean mirando al vacío de una casa ya en silencio.
A lo largo de su vida conoció el hambre y un cielo por el que sólo los pajaros podían volar. África cuando aún era un continente semiignoto repartido entre los europeos y la Luna como un satélite inalcanzable. Los automóviles pasaron de ser una rareza a envenenar el mundo y al sueño del comunismo le dio tiempo a triunfar para luego caer en el colapso.
Aprendió a hablar cuando el cine aún se mantenía en silencio. La gripe de 1918 la dejó huérfana de madre cuando finalizaba la I Guerra Mundial y el segundo matrimonio de su padre la convirtió en cenicienta de su propia casa en los tiempos en los que un rey inepto entregaba España a un “padrastro” como Primo de Rivera.
Tras la guerra civil, y mientras el mundo se hundía en la II Guerra mundial, se casó con un hombre que se negó con orgullo a aprovechar alguna de las ventajas de haber luchado en el bando de los vencedores porque en realidad pertenecía al de los vencidos y con esa misma dignidad de obrero sacaron adelante dos hijas mientras el franquismo se asentaba internacionalmente gracias a la guerra fría. Unas hijas que fueron creciendo mientras a España llegaban los Beatles o los Seat 600. Cuando la humanidad iba dando grandes pasos en la carrera espacial ellos dieron el “pequeño paso” de conseguir su piso en propiedad.
Sus nietos fueron naciendo a medida que la democracia iba naciendo en España y fue colgando las fotos de sus graduaciones al tiempo que aparecían cosas que jamás llegaría a usar ni entender como la informática, Internet o los teléfonos móviles. Fotos que ahora amarillean mirando al vacío de una casa ya en silencio.
A lo largo de su vida conoció el hambre y un cielo por el que sólo los pajaros podían volar. África cuando aún era un continente semiignoto repartido entre los europeos y la Luna como un satélite inalcanzable. Los automóviles pasaron de ser una rareza a envenenar el mundo y al sueño del comunismo le dio tiempo a triunfar para luego caer en el colapso.
Tenía nombre y ojos de reina germana. Ambas cosas pervivirán, al menos, dos generaciones más en la familia. Son los ojos de mi madre y de mi hermano. Son también mis ojos, así que, de alguna forma, los suyos seguirán brillando hasta que los nuestros se apaguen definitivamente.
Aunque me gustaría creerlo, yo no estoy seguro de que exista algo parecido a otra vida pero, si es así, dile al hombre que hacía espadas que prepare un cuartito pintado de amarillo para el día en que todos volvamos a reunirnos.
Ayer, un sacerdote que apenas te conocía ofició tu funeral con una compasión fría y profesional que no pudo conmoverme. Este movimiento de la 3ª Sinfonía de Mahler es mi oración silenciosa en tu memoria. Mahler lo subtituló “Lo que me dice el amor”. La muerte sólo puede celebrarse con la vida.
SIT TIBI TERRA LEVIS.
Aunque me gustaría creerlo, yo no estoy seguro de que exista algo parecido a otra vida pero, si es así, dile al hombre que hacía espadas que prepare un cuartito pintado de amarillo para el día en que todos volvamos a reunirnos.
Ayer, un sacerdote que apenas te conocía ofició tu funeral con una compasión fría y profesional que no pudo conmoverme. Este movimiento de la 3ª Sinfonía de Mahler es mi oración silenciosa en tu memoria. Mahler lo subtituló “Lo que me dice el amor”. La muerte sólo puede celebrarse con la vida.
SIT TIBI TERRA LEVIS.

