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lunes, 3 de septiembre de 2012

Incomunicado, antisocial, cultureta, friki, radical... ¡Cavernícola!

A todos aquellos que pensáis que tanto internet como las nuevas tecnologías puden dar más de sí.
 
Nunca me he considerado enemigo del progreso o del desarrollo tecnológico. Ambas cosas nos han sacado de las cavernas y nos han traído las vacunas, la electricidad, el agua corriente, el reproductor de música o el cinematógrafo. Sin embargo, la vorágine por adquirir nuevas tecnologías y sus consecuencias sociales se están convirtiendo en una carrera consumista que raya los límites del absurdo. Hoy resulta más acertado que nunca aquel comentario de Oscar Wilde de que "no hay nada tan peligroso como ser tan moderno ya que se corre el riesgo de quedar anticuado en seguida".

¡TODOS BAJO COBERTURA!
Lástima que no prosperaran estos móviles de autnetico diseño italiano
Hasta mediados de la década de los 90 la telefonía móvil era una rareza y un lujo sólo al alcance de seudoejecutivos y tipos con pinta de agentes de bolsa. Ponerse en contacto con familiares, amigos y conocidos no era difícil: todos sabíamos a qué hora telefonear (hoy diríamos al "fijo") para encontrar a cualquiera en casa. Pero de repente, la generalización del móvil vino acompañada de una mayor dificultad para contactar con la gente por cauces "tradicionales". Casi nadie parecía estar en casa nunca y no se devolvían las llamadas al domicilio "Uy, es que llamar a un fijo desde el móvil es muy caro", decían. Por si fuera poco las consecuencias de no tener móvil llevaban incluso a la exclusión social: podías estar esperando a los amigos más de media hora sobre el horario previsto para la cita y luego escuchar "Uy, hemos llegado tarde pero al único al que no pudimos avisar fue a ti. Como no tienes móvil, estás incomunicado". Eso por no hablar de las conversaciones que no podías seguir porque llevaban rato iniciadas gracias a la complicidad de las llamaditas o los SMS. Mis amigos incluso hicieron el esfuerzo de convencerme con ejemplos realistas tomados de la vida cotidiana: "Uy, tener un móvil es la única forma de avisar a la policía si una banda albano-kosovar te mete en un maletero para secuestrarte". Yo, que siempre he sido un poco paranoico, encontré un verdadero argumento de peso, pero cuando estaba a punto de salir corriendo a la tienda pensé que si mis amigos eran incapaces de localizarme sabiendo mi domicilio y teléfono fijo ¿cómo diablos iba a encontrarme una banda de albano-kosovares? Finalmente, a mediados de 2005, fui trasladado fuera de mi ciudad por motivos de trabajo y pensé que el móvil sería más cómodo y rentable que la cabina de teléfonos. ¡qué placer el de mandar y recibir llamadas y mensajitos! Y lo mejor de todo: ¡Volvía a estar comunicado con el mundo!
   
¿Cómo se las apañaría Hermes sin messenger?
TIENES UN EMILIO
Pero, ay, amigos míos, cuan efímera es la ilusión de sentirse plenamente satisfecho. Al poco tiempo comenzaron los mismos problemas de comunicación. "¿Por qué nadie me avisa por el móvil?", protesté. "Uy, el móvil es muy caro", contestaron, "Nos hemos pasado todos al Messenger".
Para continuar esta historia debemos retroceder más o menos a la época en que aparecieron los móviles. Cuando Internet comenzó a generalizarse, muchas personas que jamás habían escrito una carta, sintieron la necesidad imperiosa de crearse un correo electrónico. Yo, que siempre he sido un apasionado del género epistolar, me entusiasmé imaginando que aquello sería el inicio de una hermosa y fructífera correspondencia con los amigos. Cual sería mi desilusión al encontrar mi buzón abarrotado de virus informáticos, estúpidas cadenas de mensajes plagados de leyendas urbanas, chistes de dudoso humor y pornografía de lo más soez. Pero al menos, tener un correo me permitía usar la aplicación del Messenger para no volver a quedar aislado.

ATRAPADO EN LAS REDES SOCIALES
Mas un buen día, paciente lector, aquellas lucecitas verdes que advertían de la disponibilidad de los contactos dejaron de encenderse para siempre. "¿Dónde os metéis todos?", pregunté. "Uy, el messenger es muy limitado. Ahora estamos todos en Facebook, donde puedes compartir imágenes y otros contenidos. Si no fueras tan antisocial, ya te habrías hecho uno". Y es que, con el transcurso del tiempo, los teléfonos se habían desarrollado tanto que, gente que jamás había hecho una foto, sintió nuevamente la imperiosa necesidad de adquirir un nuevo móvil con cámara.
Tengo que reconocer que la primera vez que entré en Facebook su potencial de comunicación me fascinó. Si un comentario del tipo "Acabo de hincar un truño" era capaz de suscitar decenas de réplicas y muestras de aprobación a pesar de su escatológica concisión, ¿qué cantidad de intercambios y sugerencias generaría compartir artículos de divulgación, música o vídeos? Cual sería mi sorpresa al comprobar que estos menesteres solían ser recibidos con general mutismo por mis contactos. "Uy", me explicaron, "es que usar todo esto en Facebook resulta un verdadero desperdicio" (podrían haber añadido, parafraseando a Les Luthiers, "y tenemos por costumbre deshacernos de los desperdicios"). "Esas utilidades son más propias de un blog", me aconsejaron, "¿por qué no te haces uno?". Y fue así, amigos y seguidores, como en enero de 2010 arrancó El asunto Daffari, que tampoco tuvo la aceptación esperada por, digamos, la desconcertante disparidad de contenidos. "Uy, cine y música clásica, que cultureta", decían unos, "con este nivel cualquiera se atreve a hacer un comentario". "Uy, fútbol y Semana Santa", decían otros, "mira si hay que ser friki para dedicar literatura a esas cosas". En fin, en esas andamos.

Este señor ha encontrado algo realmente digno de compartir en las redes sociales.

LOS POLLITOS DICEN PÍO, PÍO, PÍO. CUANDO TIENEN HAMBRE, CUANDO TIENEN FRÍO
Mientras tanto, a algún cerebro pensante se le ocurrió que la posibilidad de poder acceder a Internet sólo desde el domicilio era algo obsoleto y debería poder hacerse a través del móvil desde cualquier lugar (era ciertamente frustrante que alguien comentase haber hincado un truño y no pudiéramos contestar inmediatamente, sino al llegar a casa un par de horas después). Así que la gente tiró sus móviles llenos de cámaras y megapíxeles y corrió a hacerse con Iphones, Ipads y demás maravillas de la tecnología. Para estar "in" ya no valen llamadas, sms, emails, messenger, facebook ni gaitas. Ahora hay que tener el Wassup (o como leches se escriba). Cansado ya de la fugacidad de cada invento y aplicación, me negué a cambiar de móvil y protesté por lo que consideraba simple frivolidad consumista. "Uy, tú es que siempre has sido un radical", me espetaron.
De la noche a la mañana me vi solo en Facebook. "Uy, ahora estamos todos en Twitter", me advirtieron. "Es que en Facebook sobran demasiados caracteres cuando escribes desde el móvil y además, hay muy poca privacidad". Yo no quise decir nada, pero para comentar "acabo de hincar un truño" ciertamente no te hacían falta demasiados caracteres. En cuanto a lo de la privacidad, el hecho de ilustrar semejante estado con tu foto en plena faena sobre la taza del váter, tampoco es que dejara mucho espacio a la intimidad.
Por lo que respecta al Twitter (lo último hasta el momento) hay que reconocer cuan limitado era pasar una cena con los amigos disfrutando tan sólo de la conversación de los presentes. Gracias a Dios, esta aplicación abre la velada al resto del mundo, convirtiendo el entorno de la mesa en una especie de gallinero (la palabra tweet va que ni pintada ya que significa "piar" en inglés) donde los constantes pitidos y zumbidos advierten de un nuevo y jugoso comentario allende las ondas. Pero no se crean que los que carecemos de estos inventos nos sentimos aburridos o excluidos, uno siempre puede dedicar esos momentos de ensimismamiento a calcular cuanto ha crecido en la última semana la mata de albahaca.
Y aquí es donde, servidor, siguiendo el ejemplo del viejo Groucho, pide aquello de "paren el mundo que me bajo". Me niego a continuar con esta absurda escalada consumista: paso del Facebook y estoy planteándome que hasta del teléfono móvil. Continuaré el blog (con lectores o sin ellos) porque me parece una estupenda excusa para obligarme a escribir. Aun a riesgo de quedar incomunicado, ser antisocial, que me califiquen de cultureta, friki o hasta radical. Si toda esta gilipollez alienante es progreso, llámenme... ¡Capitán cavernícola!

¿Cómo se podrá reir sin messenger, facebook, wassup ni twitter?
Como pequeña recompensa para los que habéis tenido la santa paciencia de llegar hasta el final de esta elucubración mental, os dejo esta desternillante escena de Un día en las carreras. Decidme si  no podría ser digna metáfora del tocomocho con el que nos estafan constantemente en nombre del "progreso".

domingo, 22 de abril de 2012

El misterioso caso de los colores que desteñían

Todos los años se produce en la ciudad de Málaga un curioso fenómeno digno de la atención de Iker Jiménez. De hecho, numerosos parapsicólogos e investigadores de lo paranormal están centrando sus estudios en la capital de la Costa del Sol para analizar estos inquietantes hechos, aunque hasta el momento reconocen que escapa a cualquier hipótesis y que el caso en cuestión les tiene en jaque.
La descripción de los hechos es la siguiente: como cada temporada, casi la mitad de las camisetas del Málaga que se vendieron al comienzo del campeonato han perdido, sin explicación aparente, sus franjas azules hasta quedar completamente blancas. Este fenómeno ocurre siempre de improvisto en un solo día y la trasformación parece producirse en pocos minutos e incluso segundos. Representantes de la marca deportiva encargada de fabricar el producto no han querido hacer declaraciones, mientras que fuentes próximas a los principales vendedores han negado que éstas se distribuyan desde Bélmez como en principio se especuló.
Si este fenómeno les parece desconcertante, otros años ha sido, si cabe, aún más  macabro e inquietante: que unas camisetas blanquiazules pierdan el color hasta quedarse blancas (aunque sea en un solo día y de forma simultánea) puede deberse a agentes perfectamente explicables como la calidad del tejido o la caducidad de la tintada, pero ¿cómo explicar que otros años han sido las franjas blancas las que misteriosamente se han teñido de un grana sanguinolento mientras el azul ha permanecido intacto?
Algunos escépticos consideran que no existe tal fenómeno y proponen una explicación más prosaica y racional. Aseguran que en realidad el Málaga es el segundo equipo de la mayoría de los habitantes de la ciudad y que éstos son, en realidad, del Madrid o el Barcelona.  Los investigadores rechazan por absurda esta explicación porque, como es obvio, todo el mundo es aficionado al equipo de su ciudad.
Yo, por si acaso, el año que viene me fijaré bien en la etiqueta para analizar la composición y seguir las instrucciones de lavado al pie de la letra. Seguiremos informando.

Algunos creen reconocer a Cristiano en la imagen de la izquierda y a Messi en la de la derecha

sábado, 3 de septiembre de 2011

Pactar con el Diablo

Cuando comencé este blog me propuse que sólo trataría temas que me agradaran, pero una conversación con mi buen amigo Juan Moreno (gran aficionado al fútbol, deportista y colchonero de pro), me convenció de que debía escribir este artículo.

Florentino, la plantilla y el madridismo en general se han entregado a José Mourinho en cuerpo y alma
La escena inicial de esta historia es bien conocida por todos: un pobre infeliz vende su alma al mismísimo Diablo movido por la avidez de éxito, fortuna, placer y gloria. La escena final de la historia es también de sobras conocida: la satisfacción de esas vanidades no compensa, ni mucho menos, la eterna condenación del alma y, a pesar de su arrepentimiento, el Diablo arrastra hasta el infierno al pobre infeliz entre risas macabras y nubes sulfurosas.
Florentino Pérez y el madridismo no pueden negar que entregar el club a José Mourinho es pactar con el Diablo. A imagen del manager inglés, el portugués goza de plenos poderes en el área deportiva, tiene carta blanca para fichar e incluso es la principal imagen del equipo. Hasta ahí todo normal, pero hay más. Mourinho ha impuesto la antideportiva idea de que para ganar todo vale. Al igual que el Diablo, exige entrega absoluta: Mourinho ha eliminado cualquier opinión o matiz dentro o fuera del vestuario con la sectaria idea de quien no está con él y sus métodos está contra él. Una de las primeras víctimas sacrificadas en esa escalada hacia el poder totalitario fue el hombre que debería haber sido la voz de la conciencia del madridismo: Jorge Valdano, a la sazón su inmediato superior como director deportivo y en las antípodas del portugués tanto en maneras como en criterios futbolísticos. Mourinho no cesó hasta conseguir su destitución y atribuirse sus funciones.
Al igual que el Diablo, basa su poder en el terror: Mourinho ha sembrado un clima cuya finalidad es el exterminio de cualquier oposición o disidencia tanto dentro como fuera del equipo. Para ello no ha dudado en arremeter contra árbitros, estructura de la competición, jugadores y entrenadores rivales… incluso UNICEF no ha podido escapar a los ataques del entrenador portugués. Tampoco la prensa se libra de plegarse incondicionalmente a su causa so pena de ser ignorada o simplemente ninguneada con el envío de un segundón (el también “hechizado” Aitor Karanka).  Incluso se permite tener un mefistofélico portavoz capaz de protagonizar los más esperpénticos sainetes en los que se incluyen humillaciones y amenazas a periodistas.
Pero, sobre todo, al igual que el Diablo, es peligroso: Mourinho se ha permitido incluso cruzar la línea entre el ataque verbal y el físico. Como en el caso del técnico Tito Vilanova, Mourinho no se conforma con la agresión, también tiene que humillar a su víctima en rueda de prensa con un mal chiste a costa de su nombre. Ha sido lo más osado, pero no lo peor. Lo peor es que ese perverso discurso que convierte a las víctimas en verdugos y hace pasar a los agresores por agredidos ha calado en el madridismo. Incluso ha conseguido el difícil malabarismo de hacer pasar los malos modales y la agresividad por una virtud como la sinceridad, mientras que la educación y las buenas formas se convierten en un vicio llamado hipocresía. Al igual que el Diablo, es retorcido. Suponemos que Florentino debe saber que esa política de “tierra quemada” puede conducir al éxito, pero también ata su destino al final de la era Mourinho. Es lo que tiene pactar con el Diablo.

Enemigo en la contienda, cuando pierde da... ¿no era la mano?
En algunas versiones del mito existe otra escena entre el pacto y el desenlace final en la que el taimado Diablo incumple su parte del trato y precipita la eterna condenación del pobre infeliz antes de que éste disfrute de todo lo prometido. En estas ocasiones el Príncipe de las Tinieblas se vale de un nuevo pupilo (otra cándida alma corrompida) que utiliza para proponer un “doble o nada” que puede consistir en un diabólico concurso de violín o, como en la muy entretenida película Cruce de caminos, de Walter Hill, un duelo de guitarras eléctricas (con Ralph Macchio tratando de salvar el alma de un viejo bluesman frente a Steve Vai como protegido del Diablo).
Al igual que el Diablo, Mourinho siempre tiene preparada una nueva presa por la que abandona a la anterior dejándola incompleta e insatisfecha. Siendo entrenador del Chelsea ya hacía guiños hacia el calcio y el Inter de Moratti. Del mismo modo que, una vez instalado en el banquillo italiano, no ocultó sus coqueteos con el Madrid de Florentino (al que por cierto, pretendía irse sin abonar ninguna clase de indemnización por cancelar su contrato en vigor con el club interista). Y es que Mourinho no ha hecho nada por esconder quien puede ser su próximo objetivo: la selección de Portugal. Como ya dejó claro al ironizar sobre la llegada de Pellegrini al banquillo del Málaga, Mourinho jamás acepta el reto de hacer competitivo a un equipo que no sea un potencial campeón (a diferencia de Fabio Capello que hizo ganar el scudetto a la Roma tras casi veinte años de sequía y se ha propuesto otro tanto con una selección inglesa que sólo tiene en su palmarés el Mundial de 1966). Es consciente de que si tiene alguna posibilidad de añadir a su currículum un campeonato de selecciones con su país, es con esta generación de futbolistas portugueses que nadie sabe cuando volverá a repetirse. Pero para ello hay un escollo importante: la selección española. No somos pocos los que sospechamos que tras esa vehemencia por enconar las relaciones entre los jugadores de Barcelona y Real Madrid, se oculta el comienzo de un diabólico plan para eliminar a España de su camino hacia el título. 
Si ese encuentro se produce, serán los jugadores españoles (incluidos, por supuesto, los del Madrid) esos hipócritas deportistas que provocan al contrario, se tiran a la menor entrada y fingen agresiones. Puede que ese día los Casillas, Xabi Alonso y Sergio Ramos lamenten no haber tomado las suficientes lecciones de violín o guitarra eléctrica. Si es así, que Dios se apiade de sus almas.

No os perdáis el duelo de guitarras de Steve Vai contra sí mismo (obviamente él grabó las dos partes y Macchio se encargó de una estupenda interpretación en playback). Por cierto, la obra clásica con la que gana su alma es el Capriccio nº 5 de Paganini de quien, curiosamente, se decía que para tocar así el violín debía haber vendido su alma al Diablo. 

sábado, 1 de mayo de 2010

"Madrilismo"

No. No es una errata ni una falta de ortografía. Tengo muchos amigos madridistas (por cuya afición siento un gran respeto), amantes del fútbol y que ejercen de forma totalmente legítima y razonable su antibarcelonismo (en el fútbol, así como en la vida, ciertas filias llevan emparejadas ciertas fobias de forma totalmente indisoluble). No, el madrilismo es otra cosa.
El madrilista (como a ellos mismos se les escucha decir) es ese forofo que en realidad no es aficionado al fútbol, sino simplemente al Madrid. O, mejor dicho, a que el Madrid gane siempre. Para el madrilista poseer 81 Ligas y 53 Copas de Europa (es decir, todas), se aproximaría bastante al mundo feliz de Huxley. Es más, si el Madrid ganara a partir de ahora todas las competiciones por incomparecencia del rival, el madrilista ni siquiera advertiría que el fútbol ha dejado de existir. Cierto es que todos los equipos poseen “aficionados” de ese perfil, pero un equipo con el palmarés del Madrid (ciertamente el club más laureado del mundo) es más proclive a atraer a esta suerte de personajes.
¿Quién es éste que ni siquiera jugó en el Madrid?
De las 23 ligas disputadas entre 1967 y 1990 (etapa de Plaza al frente del comité de árbitros), el Madrid ganó trece, el Atlético tres, Athletic, Real Sociedad y Barcelona dos cada uno y el Valencia una. Ante esta exegerada desproporción los madrilistas siempre han argumentado que su equipo (que ya no era aquel mítico de los Di Stefano, Gento y cía.) era simplemente mejor. Villar (ejemplo de tipo inepto hasta la repulsión) llegó a la presidencia de la Federación en 1989. Desde entonces el Barcelona ha ganado nueve, el Madrid seis, el Valencia dos y Atlético y Deportivo (a quien el madrilismo tampoco perdona el centenariazo del 2002) una cada uno. El madrilismo, incapaz de soportar que la desproporción de su ventaja haya desaparecido, ha bautizado a este fenómeno de competencia futbolística como “villarato”. Para más inri, el palabro y concepto en cuestión no es invento de un ultra descerebrado, sino de un profesional del periodismo, personas de las que cabría esperar un mayor rigor, análisis y mesura. Pero ¿qué podemos pedir de la prensa deportiva de un país que (a diferencia de Italia, por extraño que pueda parecer) lleva años instalada en el forofismo? (As. Marca, Mundo Deportivo o Sport parecen escritos por los fondos de las respectivas gradas en vez de por una línea editorial coherente).
La semana que el Málaga debía visitar el Bernabéu la prensa madrilista se encargó de preparar bien el ambiente: ¡Nos visita el equipo más tarjeteado de la Liga! ¡Proteged a Ronaldo del juego duro! Llegado el partido fue el portugués quien partió las narices de Mtiliga de un codazo. Durante la siguiente semana esos mismos medios se dedicaron a rebatir que aquello fuese una agresión. Si hubiera sido al revés se hubiera exigido que el defensa malaguista fuera juzgado en un tribunal de Texas.
Hasta mi admirado Santiago Segurola (que jamás ocultó su simpatía por el Madrid), otrora uno de los periodistas más analíticos y rigurosos de este país, se enroló, para mi asombro, en absurdas cruzadas madrilistas. Buen ejemplo de ello es su defensa a capa y espada del reconocimiento por parte de todo el planeta fútbol hacia ese genio incomprendido del balón llamado Guti, el currorromero del balompié (con perdón por el maestro de Camas). Un tipo que es capaz de vivir toda una temporada de las rentas de un partido contra el Valladolid, Racing o Getafe y al que jamás se le ha visto ser desequilibrante en una final europea o un clásico de la Liga. Segurola dedicó la temporada 2005/2006 a exponer cuan imprescindible era (como luego “se demostró”) la presencia de Guti en la Eurocopa. Ese mismo Guti que, tras ser derrotado por el Alcorcón, se negó a intercambiar su camiseta con la de un ilusionado rival que se atrevió a pedírsela, quien sabe si para su hijo o incluso para él mismo. Todo un gesto de grandeza madrilista.
Y es que, amigos míos, el madrilista no disfruta ni admira a los buenos jugadores de fútbol: sólo son buenos los jugadores del Madrid o aquellos cuyo fichaje es inminente. Antes de que se den cualquiera de esas dos situaciones los pobres futbolistas viven ninguneados en la indiferencia: Alkorta en los noventa o Canales en la actualidad, son sólo dos de los muchos ejemplos de jugadores que pasaron de no existir (mientras jugaban en el Athletic y Racing, respectivamente) a ser figuras de la Liga española en cuanto se supo del interés de la “Casa Blanca”. Ni siquiera incontestables del fútbol como Luis Figo o incluso Zinedine Zidane, eran nadie para los madrilistas antes de recalar en su equipo. En cambio pobres tipos como Pelé, George Best, Maradona o Marco van Basten nunca tuvieron la suerte de que el Madrid se fijara en ellos. Una lástima.
El madrilismo, como en mi caso, es mucho más responsable de las conversiones al antimadridismo que la propia afición al Barcelona. Como casi todo seguidor de un equipo modesto he soportado toda mi vida todo tipo de burlas de aficionados de equipos "grandes". Los peores y más hirientes insultos siempre han sido lanzados por madrilistas. Una tarde de 1989 ya no pude soportarlo más y pedí con toda mi alma que algún equipo “me vengara”. Pocos días después el Milan de Sacchi, Baresi, Donadoni y los holandeses le endosaba aquel histórico 5-0 al Madrid. Aquella fue la primera vez de mi vida que había deseado que el Madrid perdiera. Ya no fue la última.
¡Verán qué simpático les parece de aquí a unos meses!
De los grandes clubes de Europa el Madrid es el único que, gracias al madrilismo, ha perdido sus señas de identidad estéticas futbolísticas. A la Juve siempre le ha gustado el cicatero 1-0. Al Ajax, jugar con extremos. Al Manchester, el fútbol directo y vertical. Al Barcelona, la creación en el centro del campo. Al Bayern, la generosidad física. Al Milan, una agresividad narcisista. Desde que yo tengo uso de la memoria futbolística, el Madrid siempre apostó por un fútbol vistoso y coqueto (algo momentáneamente recuperado durante la etapa de Del Bosque, Zidane y Redondo, quien marcó aquel admirable gol en Old Trafford), pero a mediado de los 90 las gradas y medios madrilistas se juramentaron para que su gusto cambiara (siempre y cuando se ganase), dependiendo de donde soplaran los vientos del entrenador de turno: con Valdano, todos se enamoraron de la elaborada parsimonia del fútbol latinoamericano, esos mismos que con Capello se declararon admiradores de la disciplinada efectividad del calcio. Vaya de antemano que Mourinho es un hombre que nunca me ha caído mal (aunque tampoco me parece un ejemplo de simpatía, para que nos vamos a engañar) pero ya veréis como la misma gente que puso en la picota a Clemente por chulo y maleducado justificará el carácter del portugués (¡pero si con Schuster disculparon los desplantes a “Goyo” Manzano y hasta rieron los cortes de manga al banquillo del Athletic!).
Un conocido mío, durante años vinculado a las categorías infantiles y juveniles del Málaga y del CD Puerto Malagueño (para más señas madridista, que no madrilista), me contó la siguiente anécdota: Con motivo de recaudar fondos para una causa benéfica, el Puerto Malagueño consiguió la implicación de una categoría inferior del Real Madrid en un partido amistoso. El estadio Segalerva se llenó de muchos aficionados al fútbol, expectantes por ver algunas de las futuras estrellas de la Liga española. Dirigía aquel equipo un joven y prometedor entrenador que, años después, se convertiría en uno de los técnicos más cotizados de Europa.
A falta de pocos minutos para el final, cuando el Madrid ganaba por un gol de diferencia, el árbitro pitó un penalti a favor de los locales. El joven y prometedor entrenador, indignado por una decisión que el consideraba totalmente injusta, ordenó a sus pupilos la retirada a los vestuarios a modo de protesta. Aunque en el rostro de algunos chavales se leía el deseo de competir hasta el final, todos obedecieron sin rechistar.
En el equipo contrario el ambiente era aún más desolador ¿qué niño no habrá soñado con poder derrotar a uno de los grandes? Un pobre entrenador de equipo modesto, pensando en que sus chicos pudieran mantener el sueño hasta el final, se atrevió a entrometerse en el vestuario madridista de forma humilde y reverente para proponer, a espaldas del árbitro, el siguiente arreglo: estaban dispuestos a marrar el penalti e intentar empatar el partido por otros medios en el tiempo que restaba.
Los dos equipos regresaron a la tierra (Segalerva no tiene césped) y, para que un joven y prometedor entrenador durmiera tranquilo aquella noche, un niño se tragó el orgullo con su saliva, se secó las lágrimas, y lanzó el penalti al banderín de corner. Muchos habrán intuido el desenlace de esta historia: el marcador se mantuvo inmóvil hasta el pitido final.
Aquella fue una jornada gloriosa para el madrilismo.

Cuando juegue en el Madrid será hasta guapo