Otro
acceso alternativo hasta el centro es a través de Santo Domingo. Pero antes,
aunque sea de forma fugaz, merece la
pena saludar a la Dolorosa que custodia el puente y a María, que lleva media
vida haciéndole compañía a cualquier hora rompiendo de forma apenas perceptible
la soledad de la capilla callejera. El Puente de Santo Domingo es llamado por
los malagueños “De los Alemanes”, ya que fue construido en 1910 por el gobierno
del káiser para agradecer el rescate de supervivientes de la fragata Gneisenau.
Al servicio de su construcción se pusieron la misma técnica y materiales
utilizados en la entonces reciente Torre Eiffel. Prueba de ello, es que es el
más antiguo de la ciudad y, probablemente, el más sólido. Desde la orilla del
Perchel hay una edificación dueña y señora indiscutible de ese perfil de la
ciudad a la espera de que la especulación urbanística haga un nuevo estrago.
Nos referimos a la torre de San Juan hacia la que ya dirigimos nuestros pasos.
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Puente de Santo Domingo o "De los Alemanes" |
A
algunos espacios el destino les depara paradójicas sorpresas. Actualmente la
amplia y destartalada plaza de Camas es un lugar de ambiente familiar donde no
falta ni el parque infantil. Una zona que, hasta hace pocas décadas, era un
evitable dédalo de callejuelas de mala reputación. Nuestro único interés por la
zona será el acceso hasta calle San Juan. A los pies de la torre de su iglesia,
la familia Hinojosa regenta su zapatería desde hace un siglo. Es uno de esos
últimos comercios donde, con conocimiento de la profesión y de la mercancía,
aún se atiende al público de esa forma tradicional no exenta de gracejo en la
que el vendedor conoce mejor lo que el cliente necesita aunque sea la primera
vez que aparece en el umbral de la puerta. También es el sitio ideal para
adquirir unas alpargatas tradicionales y, en Cuaresma, “zapatos para el
nazareno y el hombre de trono”. Precisamente la vecina y angosta calle Santos
mantiene durante todo el año el aroma a incienso cofrade que le confiere su
cerería. En la esquina que huye de la calle, se encuentra la cafetería Framil, parada
obligada para quien prefiera los churros
al tejeringo tradicional, ya que aquí puede disfrutar de su exquisito sabor,
lejos de lugares más afamados y atestados de turistas.
Desde
allí podemos continuar hacia Carretería. Ahora debemos disfrutar de su
recorrido mientras podamos pues, paradójicamente, la calle que debe su nombre a
ser el único lugar por el que cabían los carruajes frente a los callejones y
adarves del interior de la ciudad, pronto será la siguiente presa de la peatonalización
con el fin último de ser invadida por terrazas y sillas. En el portal número 15
aún puede contemplarse la línea hasta donde llegó el agua en aquella trágica riá de 1907 que incluso destruyó todos los puentes de la ciudad y en la que la
Alemania imperial encontró un motivo para devolver la hospitalidad por su
naufragio. Unos metros más adelante en la acera opuesta, Julia Bakery ofrece la que, probablemente, sea una de las mejores
tartas de queso del país. Quien lo crea exagerado no tiene más que pedir una
porción.
Estado de calle Carretería tras la riá de 1907 |
En
la siguiente esquina está la que es probablemente mi calle preferida de la
ciudad: Andrés Pérez. A pesar del incesante baile de aperturas, cierres y
traspasos de locales, a pesar de las de las épocas de amenaza de destrucción
patrimonial, el tiempo parece haberse detenido en este lugar. Allí donde el
convento que los malagueños llaman “Las Catalinas” estrangula la calle, el perro
de Santo Domingo toscamente tallado sostiene la antorcha entre sus fauces desafiando
inerte el paso de los siglos. Sobre el dintel de piedra del número 20 se exhibe
un escudo de armas de otro tiempo con el mismo orgullo con el que lo haría
cuando fue erigido. La estrechez del espacio nos puede distraer de los balcones
rejados y los portales que dejan entrever antiguos patios señoriales. Incluso
el local abierto por Casa Mira ha entendido y respetado la atmósfera del lugar
con un mobiliario de botica decimonónica enredada por coquetos reservados en
los que podemos paladear su afamado turrón tanto en un “blanco y negro” como en
un bombón helado.
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Calle Andrés Pérez |
Al dejar la heladería, el
último reducto del trazado musulmán nos va a invitar a perdernos en un
recorrido circular en el espacio y el tiempo. Podemos callejear por los vericuetos
de Pozos Dulces para salir a la plaza de San Juan de Dios, que custodiada por
el Cristo de los Faroles se resiste a perder su aire recoleto. Desde allí, atravesaremos
San Telmo y su inesperado e inquietante zigzagueo final para desembocar en la esquina
de Santa Lucía en la que, para cerrar nuestro círculo, el Signor D’Affari deleitó a
la Málaga del siglo XIX con sus helados. Estamos en la parroquia
de los Mártires, la iglesia más grande del centro con excepción de la Catedral y
la que alberga suficientes cofradías como para hacer una síntesis histórica de
la Semana Santa de Málaga.
(Continuará)
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